lunes, 14 de marzo de 2016

Ser testigo - Claudia Isabel Lonfat


Había ahorrado toda su vida para poder realizar su sueño “Blue Sky” con Lennon. “Sé testigo de ese momento” decía el slogan que atraía clientes; un cebo para engrosar una larga lista de fantasías. A Ginger le había llegado su momento, después de mil novecientos treinta y ocho días, cuarenta y seis mil quinientas doce horas, o sea cinco años, tres meses y veintiún días.
El contrato que había firmado con “Blue Sky S.A” era muy limitante por razones de seguridad, y sus cláusulas muy precisas; se pagaba con la vida cualquier variación histórica. No se podía hablar con nadie ni intervenir en la acción, mucho menos alterar la escena agregando o sacando objetos. Solo estaba permitido “ser testigo”.
Las situaciones a elegir, no podían quedar circunscriptas a escenas íntimas como una relación sexual, o cualquier otro momento donde los actuantes se hallaran desnudos total o parcialmente. Ginger tenía tres escenarios posibles para cumplir su sueño; El nacimiento de John, el momento en que conoció a Yoko, o aquel 8 de diciembre de 1980 cuando Chapman le disparó cinco veces por la espalda en la entrada del edificio Dakota. Se decidió por la última.
La ingresaron a una habitación de color azul, en la que le daba la impresión de estar flotando. Previamente le sacaron todas sus cosas y le pusieron un localizador. Una voz en off le daba indicaciones.
Un simple pestañeo, y se encontró en la entrada del Dakota, en el día catorce mil seiscientos setenta y uno de la vida de John. Repasó mentalmente los detalles y recordó que alrededor de las diez de la mañana, John le decía a tres periodistas de la RKO “…tengo la esperanza de morir antes que Yoko, porque si Yoko muriera yo no sabría cómo sobrevivir. No podría seguir adelante” y dos horas antes de ser atravesado por las balas, le confesaba a un técnico, que tenía una extraña corazonada, como si estuviera viviendo de prestado; “Seguro que después de morir seré mucho más famoso que Elvis” le dijo, y ambos se rieron a carcajadas.
Ahora, Ginger pudo reconocer a Chapman, también la limusina desde donde bajaban Yoko y John, cargando algunas cosas. Segundos antes de que el asesino más odiado, pudiera meter la mano en el bolsillo para sacar la 38, Ginger, se había abalanzado sobre él. Sabía que para realizar el viaje le incautarían todo, por eso había estudiado la posibilidad de atacar al asesino con algo que ya estuviera en la escena.
Lo único contundente, debido al límite distancia/tiempo, era la grabadora que John llevaba. Sabía que disponía de segundos para arrebatársela de las manos y golpear a Chapman con toda la fuerza posible. Y nada la detuvo.


Todo condenado tiene disponible un deseo, el de Ginger fue ver a los Beatles por última vez. Y mientras observaba a un John más flaco, calvo y arrugado, sabía que si pudiera volver el tiempo atrás, le rompería nuevamente la cabeza a Chapman, así como lo sabían los de “Blue Sky”.

Acerca de la autora:
Claudia Isabel Lonfat

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