miércoles, 9 de marzo de 2016

El tero se esconde si el murciélago es más grande – Héctor Ranea


—Hasta el tero cimarrón amaina cuando llega el hombre murciélago —sentenció don Aparicio Legüero en el entrevero de la feria.
Por eso nadie le escuchó, esa tarde había demasiado ruido de galope corto de caballitos criollos y de mozas trenzándose las crenchas. Siguió Aparicio:
—Y si él viniera nadie lo vería, colijo.
Todos se miran a la cara, nadie ve volar al murciélago. Aunque repitiera, nadie le escuchó.
La Zulemita, que vendía empanadas fritas, pensó que Aparicio pedía una y le acercó un plato y un buen vaso de tinto. Pero el Aparicio, aunque no la rechazó, con insistencia religiosa le gritó:
—¡Tenga cuidado moza! ¡Viene el hombre murciélago!
La piba rió. ¿Cómo iba a volar un murciélago en plena tarde? Sin embargo, ahí nomás el volátil la tomó de las axilas.
—Cuando te agarra el murciélago, es inútil bañarte en acaroína —dijo el viejo, sentencioso.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

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