jueves, 17 de marzo de 2016

Adiós, Marte - Daniel Antokoletz


Su equipaje ya se encuentra a bordo. Se detiene en el medio de la escalerilla. Se da vuelta y un gemido surge de sus entrañas. Observa el seco paisaje rojizo y sabe que será la última vez que lo ve. Se corre la máscara que cubre su nariz y su boca, e intenta dar una última inspiracón de ese enrarecido aire helado. Un acceso de tos lo obliga a ponerse la mascarilla de nuevo. Ve pasar rasante a Deimos y por un instante puede ver como se alínea con Phobos y juntos apuntan hacia su destino. Hacia su nuevo hogar.
La tristeza lo embarga, sabe que es el último en abandonar un planeta arrasado por la guerra y la estupidez. Ya no queda ningún ser vivo en el planeta.
Cuando comenzaron las guerras pónicas, ya se sabía que las armas podían aniquilarlo todo. Los ingenieros armamentistas creaban armas cada vez más letales y poderosas. Pero las armas de antimateria más poderosas eran preferibles a las muertes silenciosas que creaban los biólogos.
Los independientes sabíamos que este día llegaría. Un estúpido daría con el arma más poderosa. Con el arma final. Y ese estúpido era de su equipo: era un independiente. Gosforet, un científico que estaba menos interesado en la guerra que casi nadie, lo descubrió.
Entre los independientes, había tres facciones que trabajaban de manera paralela: estaban los marteformadores, los adaptativos y los fujitivos.
Los marteformadores querían marteformar al tercer planeta o a la gran luna del planeta gaseoso de nuestro sistema solar en un lapso de décadas. Analizaban cómo enfriar ese planeta con océanos abundantes y verde follaje o cómo calentar el satélite del vecino gigante. Todos trabajaban juntos. Los descubrimientos de los distintos equipos se compartían sin reservas entre todos para que cada uno agregue sus conocimientos o exponga sus críticas.
Los adaptativos, buscaban algún tipo de retrovirus que modificando nuestras características corporales, nos permitiera vivir en cualquiera de las dos posibilidades.
Y los fugitivos, decidieron congelarse y huir en un enorme depósito que vagaría por el espacio en busca de un planeta que tenga las mismas condiciones que nuestro amado Marte.
Y llegó el fatídico día. Gorosfet encontró una manera de generar una bacteria que pudiera bajarle la temperatura al tercer planeta. Y los guerreros durens se enteraron... La última de las guerras pónicas estaba llegando a su fin. Y los durens estaban desapareciendo.
Cuando parecía que no sería necesario evacuar el planeta, los durens se hicieron de la bacteria y la soltaron en nuestros terribles vientos. Esa bacteria aérea se reprodujo con una virulencia tal, que en poco tiempo vimos desaparecer el agua de los ríos, nuestros pequeños lagos salados comenzaron a desaparecer congelados en las profundidades de la arena vapuleada por las cada vez más terribles tormentas. Y el planeta se desertizó.
Los fugitivos hace rato que se dirigen a los confines del sistema solar. Los adaptativos nos inyectaron lo que ellos creen nos permitirá sobrevivir en lugares más cálidos y oxigenados. Ahora todos nos hicimos fugitivos. Nuestro destino es más cercano. Pero ¿Cuántas generaciones de sufrimiento nos llevará adaptarnos a esas temperaturas cálidas? ¿Cómo soportaremos esa gravedad tan terrible? Solo el tiempo lo dirá.
Vuelvo a mirar el rojizo paisaje y miro ese punto más cercano al sol. Con un nudo en la garganta apenas puedo balbucear:
–Adiós, Marte; hola, Tierra.

Acerca del autor:
Daniel Antokoletz

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