domingo, 17 de enero de 2016

La sentencia - Daniel Antokoletz


Soy el único hombre sobre el planeta Tierra.
Conocí muchas cárceles: Devoto, Batán, Sierra Chica. En esos lugares, lejos de reformarme, aprendí nuevos métodos, nuevas técnicas. La primera vez fui preso por hurto. En prisión me cultivé: supe que hay que buscar la oportunidad, provocarla. Me dedicaba a asaltar tacheros y me iba bastante bien, hasta que la cana me tendió una trampa... Cuando saqué el arma para encañonar al tachero se dio a conocer como botón y me mostró un bufoso que me dejó frío. Jamás me habían apuntado con un arma como esa; jamás maté a nadie. Me entregué. Esta vez aprendí que no debía realizar pequeñas operaciones, era fácil de rastrear y localizar. Cuando salí, me dediqué a asaltar camiones blindados. Desgraciadamente tuve que liquidar a un poli nervioso que se empeñó en proteger lo ajeno. 
Ahora estoy solo, soy el único ser humano que vive en este planeta. Estoy desesperado por poder hablar con alguien. Después del asalto al blindado se dedicaron a buscarme como si fuera la última cosa que debían hacer. Y si bien me reí cuando me metieron de nuevo adentro, sabiendo que saldría en poco tiempo, dejé de hacerlo cuando supe que esos malditos cretinos habían descubierto el método perfecto para evitar las fugas. Aprendieron... aprendieron. Ya no me puedo fugar de la cárcel. Estoy solo. Recibí la sentencia más terrible que puede recibir un ser humano. La computadora no se equivoca y el pleistoceno es demasiado largo como para poner a dos personas en el mismo tiempo.

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