viernes, 26 de febrero de 2016

Vendedor ambulante – Héctor Ranea


Era más falso que viento de televisión: nos quería vender un auto que, según él, había usado un tal Ñuton para descubrir la ley de la gravedad. Lo soplamos como dama que no come, por eso volvió a su pueblo con menos plumas que pollo parrillero. No quiso regresar al pueblo aunque su mujer lo arrempujaba porque, según decía, lo volveríamos a patear hasta sacárnoslo de encima (¡y cuánta razón tenía!) sin poder vendernos nada. Ella lo trató peor que a ladrón de huevos, así que volvió, trayendo almanaques con fechas cambiadas para que nadie cumpliera años. Tuvo éxito el cachafaz, más que una serpiente convenciendo a un sapo. Ahora somos todos más jóvenes que la mujer del vendedor ambulante y ella lo caga a palos porque no le dejó uno de esos benditos almanaques para ella.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

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