domingo, 14 de febrero de 2016

Extremos - Lucila Adela Guzmán


“Alcance la silueta perfecta en un mes” decía el folleto pegado sobre la corteza del árbol que daba a la puerta del supermercado chino. Esa misma mañana, aún con las bolsas del súper cargadas sobre la mesa de la cocina, tomé el teléfono y contraté el servicio de la clínica Spa y, decidida a sacarme esos treinta kilos que tenía de más me despedí de la imagen de gorda fofa que me perseguía por todos los espejos. La despedida consistió en un adiós a mis perros, tres porciones de tarta de frutillas con crema y un cafecito con edulcorante.
Ya han pasado cinco días desde mi primer intento de fuga. Yo corría hacia la salida cuando sonaron las alarmas, la mano huesuda de uno de los guardias apretó mi garganta hasta que tuve que escupir la última hoja de trébol que había arrancado del jardín ¡extrañaba tanto comer algo sólido! 
Esta mañana, mientras nos proyectaban imágenes de lo que, para ellos, significaba el éxito: mujeres flacas, con ojeras y cara de orto, igualitas a las modelos de revista de pret a porter, aproveché para escabullirme. Corrí a toda velocidad, tanto que lo flácido iba rebotando como queriendo desprenderse de mi esqueleto; debe ser por eso que me resbalé hasta caer. Y caí redonda... como siempre. Los guardias me atraparon mientras rodaba por la pendiente de una lomada. Diré que dentro de las circunstancias tuve suerte, pues ellos lograron reprimir sus instintos futboleros y yo pude recuperar mi ancha línea vertical tomándome de sus brazos.
Una vez repuesta fui entrevistada por los directivos de la clínica y allí mismo fui declarada por ellos como un “caso perdido”. Luego de firmar los papeles en donde yo juraba que no exigiría reembolso alguno me dejaron ir. 
Mientras regresaba a casa, hice una lista mental de mis platos preferidos: costillitas de cerdo a la riojana, matambrito a la pizza, bombas de crema bañadas en chocolate, en fin, la lista era larga y en mi boca ya se había formado un mar de agua saliva. Nadando en ese mar una débil voz interna, que intentaba convencerme de que sería una pena recuperar los diez kilos que había perdido con tanto esfuerzo, se ahogaría.
Mi alma de gorda estalló de felicidad cuando supo que la mente ya había claudicado y le daba permiso para comer lo primero que viera sin pensar en calorías ni balanzas.
En cuanto puse la llave en la puerta de mi casa los perros ladraron; pobrecito mi Chichilo… siempre el primero en darme la bienvenida.

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