miércoles, 10 de febrero de 2016

Regreso - Enrique Tamarit Cerdá


Después de muchas vacilaciones, le expresé por fin a Paula mis temores, de un modo torpe, atenazado por la angustia. Ella confirmó que me dejaba. Desolado, vagué toda la noche de un lado a otro, hasta recalar en un abrevadero ignoto, dispuesto a agotar las existencias de ginebra alineadas en el estante sujeto a un gran espejo, detrás de la barra. Un tipo maduro, a mi lado, no dejaba de mirarme. Animado por las copas, quise descargar mi enojo y le pregunté al viejo qué mosca le había picado. Como si hablase consigo mismo susurró que no me afligiese, que este sufrimiento no merecía la pena. Le escupí un insulto, por entrometido. Apurando su trago, enfiló hacia la salida; al pasar junto a mí me palmeó la espalda, sin energía. «Volverá», dijo, «y créeme, no será lo mejor». Mientras se cerraba la puerta a sus espaldas, aún pude oír: «Nos veremos en treinta años, trasegando licor frente al jodido espejo».

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