domingo, 14 de febrero de 2016

La cerradura – Héctor Ranea


—Y el bípedo me pudrió, che. Lo tuve que morder en el cuello. Dos o tres veces entre Luna y Luna me hacía pelota la tela. Con lo que me cuesta, pero no: el animal hijo de perra me pasaba la llave por la cerradura y rompía todo: la tela, el nido, las presas.
—¿Y te parece que era necesario? —le contestó la otra araña.
—Para mí, no había otro remedio. Contra mi naturaleza pacífica, pero no había otra cosa que hacer.
—¡Con razón la mujer del bípedo estaba tan extrañada!
—Sí; le extrañó que una araña tan pacífica hubiera mordido al marido. Pero de alguna manera, te digo, vi una sonrisa dibujada en su rostro. Era un hijo de puta.

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