jueves, 18 de febrero de 2016

Persistencia retiniana - Abel Maas


Domingo. Pronto caerá la noche. Pronto me encerraré en el baño para lavarme los dientes pero antes, me quitaré la prótesis, que también cepillaré, sobre todo en su parte profunda, lugar donde se deposita el humus alimenticio de las últimas horas. Pero ya tengo turno para el implante, he ahorrado la enorme cantidad de dinero necesario para eso. Después haré la mueca frente al espejo para controlar el resultado de la higiene, tengo además, un aparato especial para afeitar los pelos sobrantes que asoman por mi nariz. Mientras hago esa tarea, registraré una vez más, el proceso por el cual, segundo a segundo, mis mofletes se derrumban, como el glaciar Perito Moreno, o cualquier otro accidente natural e irreversible,  haciendo más largas, más profundas,  más negras, mis dos líneas mercuriales.
El tiempo humilla y ultraja.
Después viajaré desde el baño al dormitorio, me quitaré la ropa, menos los calzoncillos —algún día seré mayor y tendré pijama—  me deslizaré por las frías sábanas y encenderé la radio que solo escucharé unos minutos. Enseguida sentiré que me duelen los pies, dolor al que ya estoy acostumbrado, pero es por el peso que deben soportar; estoy pesado, soy un peso pesado, como los boxeadores. Con dificultad, giraré 180 grados y engancharé el empeine de mis pies dolientes en el final del colchón y eso me aliviará.  Mi programa B, el de hoy, consistirá en mirar  la luz del velador con los ojos bien abiertos, durante treinta segundos, mover la cabeza para dibujar con el led y acumular material. Luego me apretaré fuertemente los ojos con el pulgar y el índice, fuerte hasta el dolor. Inmediatamente comenzarán a desfilar abejas de colores que entran y salen de escena, para dar lugar a unos gusanitos, y otros seres, todos vivos gracias a la persistencia retiniana, esa maravilla del cuerpo que hace posible, entre otras cosas, el cine. Finalizada la función, vendrá la cuenta regresiva para entrar en el sueño, y trataré, una vez más, de registrar el momento exacto en que me duermo, pero como siempre, será imposible.  Hace años que busco un aparato, un reloj con aguja intradérmica, tal vez, que me señale a la mañana siguiente, con una luz parpadeante, cual fue el punto de inflexión entre la vigilia y el sueño, en que instante se apoderó de mí la pequeña muerte de cada día.
Sefiní. No quiero mover ninguna parte de mi cuerpo, tal vez no pueda, la relajación también produce parálisis. El lado derecho de mi cara se apoya en la almohada, mis brazos cruzados rodean mi cabeza, finalmente, alguien tiene que ocuparse de estas cosas, tal vez ya está, se terminó y no avisan. Hace mucho que quiero saber cómo crecen las margaritas desde abajo.
Es una inquietud que tengo.

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