miércoles, 21 de octubre de 2015

Carlitos – Abel Maas


Mi primo Carlitos se llama Carlos José, Carlos por Marx y José por Stalin. Los otros días nos encontramos con Carlitos en la puerta del YMCA de la calle Reconquista, a las 13:30. Algunos años una vez, otros dos veces, y otros años hasta tres veces nos encontramos en esa puerta, a la misma hora, desde toda la vida, para almorzar, tiempo y lugar que le quedan bien por su trabajo. Sin embargo, él recuerda cuáles fueron los años que no almorzamos en YMCA ni en ningún otro lado. Cambió el concesionario del comedor y ya no dan un licuado de banana con leche a cambio de pinchar el ticket; ahora venden comida por kilo, riquísima, y nos servimos dos abundantes platos, combinando formas y colores. Como siempre, compartimos una botella de agua con gas y de postre nos comimos un flan cada uno, los últimos que quedaban, por la hora.
A Carlitos lo trato mal porque le gusta; él entiende y agradece, conoce los códigos. Nos sentamos a un costado del salón con las pesadas bandejas y mientras comemos hablamos de los temas habituales: Caseros, la ciudad de los huevos caseros, los Luparia, el cuartito del fondo que se transformó en enorme depósito de mercadería, la motoneta que se convirtió en furgón, la reforma en General Hornos que con Quenga estaba mejor, el cuento de Pelusa y la grabación posterior, el partido y de una cierta actriz de la televisión, ex pareja del chueco Suar, que a él le gusta mucho y hay una ceremonia que se repite cada vez: ya eran las 14:30 pasadas, se me cruzó un rayo y con la última cucharada de flan golpeé con violencia los nudillos sobre la mesa.
?¡Basta, nos vamos! ?grité. Él sonrió nuevamente, nos levantamos y nos fuimos.
Ya en la vereda y en el momento de la despedida le apreté con fuerza los cachetes y mientras acercaba mi dentadura a su nariz nos prometimos el próximo encuentro, pero antes me dio una bolsa con un pulover que me debía del cumpleaños.
Carlos siempre me regala un pulover para mi cumpleaños, todos los que tengo me los regaló él, pero no los uso mucho; no soy de usar pulover. Sin embargo, una vez me regaló una camisa y otro año, una remera, pero con cuello. No me gustan las remeras con cuello, jamás me la puse pero la tengo guardada, uso camisa o remera con cuello redondo y si está fresco me pongo remera abajo y camisa arriba pero nunca me puse ni me pondré jamás una remera con cuello. Tampoco uso camisas de manga corta, las detesto, en pleno verano me verán con camisa de manga larga y con las mangas arremangadas. Uno es así.
Por el cuerpo de Carlitos corre sangre paterna, los otros chicos son buenos muchachos, pero son rubios; no pueden entender. No siempre sucede como le decía el tío León al joven padre de su sangre cuando le nacía un hijo demasiado blanco, “no te preocupes, con el tiempo se va a oscurecer”. Como mi mamá, que nunca oscureció.

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