domingo, 22 de noviembre de 2015

Los espejos de Carlos - Rolando José di Lorenzo


Amaneció tardíamente; el invierno se hacía notar y los primeros rayos de sol arrancaban destellos en el hielo de las ramas de los árboles. Pero a Carlos no le molestaba tanto el frío como tener que levantarse tan temprano. Es una injusticia, pensaba mientras se ponía las pantuflas y lo seguía pensado mientras se lavaba los dientes y se peinaba como podía; siempre despertaba con los pelos revueltos y parados. Se miró por última vez en el espejo y lamentó las arrugas y las bolsas bajo los ojos. Antes de retirarse del baño notó que hasta sus ojos ya no eran los mismos, habían perdido el brillo que tanto le gustaba. ¿Se los opacaba el espejo o la vejez?, se preguntó preocupado.
Salió rápidamente del baño; ese espejo lo trastornaba. Sabía todo lo que hay que saber sobre los espejos, pero igualmente se sentía acosado por ese reflejo burlón. En cambio el del living, que adornaba la pared junto al gran perchero de caoba, al lado de la puerta de salida, era mucho más benévolo, allí se veía bien, su imagen era mucho más parecida a la que él tenía en mente. Tomó el saco y el sobretodo que colgaban del artístico perchero, se terminó de arreglar frente al espejo amigo y salió a trabajar. Hacía eso invariablemente todas las mañanas.
Pero la cosa fue de menor a mayor: cada día, el enfrentamiento con el espejo del baño era peor; hasta que una mañana de primavera, antes de salir corriendo, Carlos sintió que el espejo lo atrapaba, vio claramente como los pelos parados y los ojos opacos rodeados de arrugas, se quedaban en el vidrio y junto con ellos su mano derecha. No esperó más: dio un violento tirón con la izquierda y logró escapar de ese infierno, pero cayó al piso. Fue entonces que notó con horror que solo tenía lado izquierdo y aunque los ojos quedaron en el espejo maldito, seguía viendo. Se arrastró por el piso del comedor y llegó al living. Allí intentó un salto, logró tomarse del perchero y con un esfuerzo más, pudo verse en el espejo amigo que atrapó de inmediato su imagen.
Nadie lo volvió a ver. Los familiares de Carlos y algunos amigos lo denunciaron como desaparecido. Cuando la familia visitó la casa, recorrieron y buscaron minuciosamente por todos los rincones, tratando de encontrar alguna respuesta a la extraña desaparición, pero no hallaron nada. Unos días más tarde se dedicaron a limpiar y entre las cosas que descartaron en un gran contenedor de basura, iba el espejo del baño. No tenía sentido conservarlo puesto que nadie se podía ver en él claramente. Imágenes extrañas, como ojos y manos, aparecían y desaparecían entre horribles distorsiones que modificaban la imagen del que se miraba. Tanta gracia les causaban estos reflejos que hasta jugaron un rato con él antes de tirarlo.

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