viernes, 17 de julio de 2015

Version no oficial de los hechos - Sergio Gaut vel Hartman


Una hora antes del alba, el vehículo descendió con la suavidad de una hoja desprendida de un arce y se posó delante de la cueva. Dos figuras caminaron hasta quedar frente a la entrada y poniéndose de rodillas, en actitud penitente, se comunicaron con los Jefes. La piedra que cubría la boca del pozo era muy grande, por lo que debieron recurrir a sus mejores técnicas para moverla. Pero debían contar con recursos sorprendentes porque la piedra se movió hacia un lado, dejando la entrada de la cueva al descubierto. Sólo entonces las figuras se pusieron de pie y sus ropas se encendieron de tal modo que el espacio oscuro brilló como si se hubiera hecho de día y a continuación se desplazaron con celeridad para quedar a los costados del cuerpo inmóvil que yacía sobre la piedra plana.
Durante algunos segundos las figuras parecieron haber caído en un trance, pero luego extendieron las extremidades superiores y las enlazaron por encima del cadáver. De la conjunción emanó un rayo sólido que pareció hundirse en el cuerpo, desdoblándose, recorriendo por separado el camino que une el corazón con la cabeza y el que va del corazón a los genitales. La luz que emanaba de las vestiduras se intensifico, confiriéndole al conjunto un esplendor casi arrogante, como si todo aquel rito fuera un áspero grito silencioso.
Luego, la caverna quedó a oscuras, apenas iluminada por la fosforescencia residual y las chispas que las piedras, ahítas de fulgor, se esforzaban por escupir. Entonces el cadáver se sacudió de una forma horrenda, se sentó en la piedra y abrió los ojos, mirando hacia uno y otro hemisferio de las sombras como si despertara de una pesadilla. A continuación, con la vista fija en la boca de la cueva balbuceó algunas palabras incomprensibles para los operadores. El procedimiento había dado resultado; el hombre ya no estaba muerto, aunque aquello sólo era el primer paso de una larga serie de acontecimientos fabulosos, la sustancia del mito.

Temprano en la mañana, dos mujeres fueron a la tumba donde habían puesto a Yehuda. Cuando llegaron se encontraron que la piedra que cubría la entrada de la tumba había sido quitada y la cueva estaba vacía. Se sorprendieron mucho y se preguntaron qué habría ocurrido con el cuerpo del rabí.
De pronto, dos seres que vestían ropas brillantes, semejantes a los hombres, aparecieron ante las mujeres. El aspecto de aquellos seres era aterrador, por lo que las mujeres ya no estuvieron sólo sorprendidas, sino que también sintieron miedo. Los seres hablaron directamente a la mente de las mujeres y les dijeron:
—¿Por qué buscan entre los muertos a uno que vive? Ya no está aquí; ¡ha resucitado! Recuerden lo que él les dijo que sucedería.

Al oír estas palabras las mujeres recordaron lo que Yehuda había dicho y dejaron de estar asombradas y atemorizadas por haber encontrado la tumba vacía. Fueron inmediatamente a contarles lo sucedido a los demás y que el rabí había resucitado. Eso no era exactamente lo que habían planificado los Jefes ni los movimientos que los operadores debían ejecutar, pero una pequeña variación con respecto al proyecto original no torcería demasiado el curso de los acontecimientos. La Nueva Religión sería un instrumento adecuado en sus manos y en cuanto se extendiera por todo el planeta les aseguraría el control y la sumisión absoluta de sus habitantes. Ellos serían los pastores y aquel su rebaño.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

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