sábado, 25 de julio de 2015

Taxidermia – Cristina Chiesa


Había estado mucho tiempo observándolo en la pantalla, moviendo la imagen de derecha a izquierda; la había agrandado para tener una mejor perspectiva de los detalles y se detuvo sobre el gesto ese, tan raro. El rostro con la boca estirada en un largo rictus; los ojos achicados, la nariz dilatada. Sin embargo, la cara con la mueca —que después supo que era una sonrisa— parecía increíblemente auténtica, absolutamente espontánea. Trató de recordar algo similar en su coexistencia penosa. Hizo un esfuerzo. Sí… Allí estaba… Alguna vez, de manera furtiva, pero allí estaba: el rostro estirándose largamente; la boca desenhebrándose en esa mueca. Hace tanto tiempo... Hace tanto tiempo...
¿De qué mundo venía ese ser? ¿Qué clase de cuerpo era ése y cómo y qué designio los había llevado a emparentarse? Dijo provenir de un lugar: la Superficie. Pero, ¿de cuál de ellos dos era ese lugar? Tal vez de ambos… Todo dependía de cómo se mirara.
¿Cómo era posible, entonces, que hubiera existido siquiera esa fracción temporal, ese límite espacial que los había convertido en póstumos, infinitamente ajenos…? Una imagen en la pantalla.
No recordaba casi nada. Algunas cosas, tal vez… Los olores, sobre todo. Y las texturas. Los repliegues de ese cuerpo, el sonido sanguinoso del pecho, unas manos que se hundían en la oscuridad en una especie de frenética búsqueda de algo vital. Algo que buscaba leer con los dedos en el rostro de la vida.
Sobrevivió al Tiempo de las Brumas; nunca supo cómo. Ese tiempo espeso de dolor irremediable. La mordedura en el costado tirándolo hacia abajo, incesantemente; sangrándole la boca con una sustancia negruzca, amarga, nauseabunda…
Uñas afiladas le arañaban todo lo más íntimo, lo más oculto, lo más inconfesado. Lo rasgaban, lo saqueaban; lo despojaban. Y el día del derrumbe ya ni supo si era la muerte o era qué cosa. Se tendió todo a lo largo de los restos y el ser ese, el que dijo ser de la Superficie o de quién sabe dónde, el de la extraña sonrisa en la pantalla, ese que parecía inofensivo, amigable, ése, justo ése, vino y le aplastó la cara.
Ahora no tiene cara y sufre. Todos los de aquí pasan casi sin mirarlo. Algunos dejan sus dedos marcados en la mampara. Todos se parecen al ser de la Superficie; todos ríen como él, y casi todos parecen amigables.

Él los mira con sus ojos de vidrio; los sigue, los alcanza y —cuando ya no puede más— solo apaga la pantalla y gime en el vacío.

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