miércoles, 1 de julio de 2015

El Federal - Abel Maas


Lito caminaba sin apuro por la calle Lavalle, hacia el este. Era el jueves 26 de octubre de 1961, por la tarde, el reloj marcaba las 17:52. A pesar de ser un día de primavera, el cielo anunciaba lluvia. Faltaban apenas dos minutos – exactamente a las 17:54 – para que Lito se cruzara en la calle Lavalle con Pedrito Rico. 
Lito conocía y admiraba la obra del cantor y bailarín español, nacido Pedro Rico Cutillas, en Elda, Alicante, el 7 de septiembre de 1932. Lo había visto en la tele y un día estuvo a punto de ir a verlo al teatro, llegó hasta la puerta pero le temblaron las piernas y no pudo entrar. Felizmente estaba solo. Sin embargo, pudo escuchar a un risueño grupo de señoras admiradoras del astro, que hablaban de su carita de ángel, de sus ojos, de su boca, de su nariz, su cuerpo, su famoso culito. Lito tomó nota de todo. Pero volvamos a la calle Lavalle.
Se cruzan entonces a las 17:54 Pedro y Lito, se reconocen humanos, pero cada uno continúa su marcha. Lito recordaría en sueños adultos, la petisura de Pedrito, su estampa de muñequito de torta. A pocos metros mi amigo se detuvo, por motivos que siempre escaparon a su entendimiento (“no sé para qué mierda me tuve que parar”, se preguntaría en años sucesivos). Se quedó unos segundos detenido, recuerda que en el cine Arizona daban “Espartaco”, había una foto de Kirk Douglas encadenado y con el torso descubierto. Giró, Lito, curioso, y se encontró con que a no más de 15 metros, a la altura del Select Lavalle, El Angel de España lo esperaba, ya girado.
Una honda laguna intervino el cuerpo y la memoria de Lito a partir de ése momento, y muchos años después había de recordar, no frente al pelotón de fusilamiento pero si frente a su propio estigma moral, que corrió y subió al 99 en medio de la lluvia, rumbo a su casa, y que se sentía mojado, agitado y confundido. Muy confundido.
Confusión que conservaba, por lo menos hasta esta mañana de domingo, en que tomamos el desayuno en “El Federal”, y volvió a contar esta historia idiota, esta vez para estupor y vergüenza de hijos y nietos.

Acerca del autor:
Abel Maas

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