domingo, 30 de agosto de 2015

Mal agüero - Cristina Chiesa


 

Tenía miedo esa noche, un miedo impreciso, neutro. Algo le molestaba, y no podía dormir. No supo en qué momento pero sintió que en la escalera se movía algo, un sonido sibilante, un arrastrase de un cuerpo, como si una sombra se estirara entre las sombras. Quiso abrir los ojos y no pudo. Porque el sueño era como una plancha metálica sobre su cabeza. Se agitó y manoteó a los costados como ahogada. ¿Qué era esto? ¿Era el sueño, era la realidad, era su grito, su jadeo? ¿O un algo que se transformaba en un escenario palpable, visible, algo que se arrastra, que sisea, que viene hacia ella en la penumbra gris de una madrugada que no se apura en clarear? Se incorporó en la cama, sudada, erizada. No había nada, sólo sombras, la puerta en su sitio, entornada. Cerró los ojos, inquieta. Y un peso leve en los pies. El gato seguramente. Pero no, con horror ve la cosa que trepa por la cama. Una cosa oscura, larga, pegajosa. La cosa repta hacia su cara, saca una lengua angosta y le roza la boca. De un manotazo la aparta, asqueada, pero los brazos le pesan, igual que los párpados y la cosa insiste, empuja sus labios, los abre y se mete en su garganta, ella tose, trata de escupir, pero el ente imperturbable sigue y baja y baja hasta sus tripas, se anuda, las revuelve, las muerde y el dolor estalla… y ella en una agonía roja, grita y grita.
Esa mañana, a las 7.30, el médico, con cara impersonal, le da el parte a la familia: sub oclusión intestinal, con complicación peritoneal, shock súbito. La paciente hablaba de una serpiente, y de una oscuridad en su delirio. No pudimos hacer nada. Lo sentimos mucho.

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