lunes, 10 de agosto de 2015

Breve absurdo – Sergio Gaut vel Hartman


Me apasionan las conductas absurdas, hacer cosas que no pueden ser catalogadas o clasificadas. ¿Ejemplos? Tomar mate a orillas del lago Baikal, acompañado por una bella buratia llamada Samantha Romina García. O encontrarme en el colectivo con Alonso, mi compañero de banco de primer grado, reconocerlo, que me reconozca, y reírnos juntos de cuando le enseñé a comerse los mocos, porque él no sabía o creía que no le iba a gustar, de eso no me acuerdo. ¿Para qué sirve hacer cosas como esas? Para nada, por supuesto, esa es la gracia. Si sirvieran para algo no serían absurdas. Escribir cuentos absurdos no es absurdo, es lógico, natural, sencillo y estructurado. Pero lo que cuentan los cuentos absurdos es otra cosa. La cuestión es desnudar la realidad para demostrar que todo es ficción, que somos una ficción disfrazada de realidad, que nuestra vida no tiene sentido y que debe haber un manipulador que se divierte moviéndonos como marionetas, haciéndonos acumular conocimientos, tristezas, resentimientos y felicidades, sin control ni propósito, solo para que todo eso se pierda para siempre en el momento de la muerte. ¿Podemos evitarlo? ¡No! ¿Y para qué escribimos, entonces? La más cruda verdad testimonial o la fantasía más delirante son nada, o casi nada, apenas muescas diminutas en la trama de la eternidad. ¿Para qué escribimos?, repito. La respuesta es simple: para vengarnos, en los pobres personajes, de las iniquidades que comete contra nosotros el que escribe el argumento de nuestras propias vidas. ¿Cómo? Así, mediante textos extravagantes y patafísicos como este, que no conducen a ninguna parte, o que son, apenas, una suerte de catársis superflua, un engaño consentido, un grito desde la costa para detener un barco que se aleja y que, lo sabemos, nunca regresará. Lo que no quita que me divierte mucho pensar que ustedes creen que necesito un psicólogo, urgente. Y que también me divierte la posibilidad de que esto les parezca divertido, gratificante y mucho menos absurdo de lo que me propuse. ¿No les dije ya que escribir ficciones absurdas es lo menos absurdo que existe?

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman   

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