lunes, 7 de septiembre de 2015

Una camarera abre los ojos - Fernando Andrés Puga


Un whisky no siempre es efectivo para asimilar las derrotas. Creyó que sí; sería de tanto ver a los parroquianos que noche tras noche se dormían frente al vaso. Ella había sido abandonada después de haber sido seducida por el más apuesto de los galanes que frecuentaban el bar y supuso que entre el dorado brillo del scotch lograría olvidar la humillación que sentía. No pudo. Lo único que consiguió fue un cambio marcado en la mirada de sus ojos deslumbradores apenas entreabiertos, unas profundas ojeras y una estrepitosa caída desde la banqueta que la sostenía frente al viejo mostrador.
Al volver en sí encontró a su Adonis pidiéndole disculpas. La camarera enamorada del príncipe encantador creyó estar soñando, pero no. Era él quien durmió enroscado en el viejo sofá de la desvencijada habitación del hospital esperando que ella despertara. No podía creerlo. Pensó que sería la resaca, algo que nunca había experimentado pero que todos decían que hasta podía producir alucinaciones. Le dolía la cabeza, sentía el revoltijo en el estómago, quería ir al baño… mientras él seguía con las disculpas.
—No sé por qué te dejé sola. De haber sabido lo que pasaría no lo hubiera hecho, pero quién podía imaginar que te emborracharías. ¡Y con ese whisky barato! Por suerte llegué a tiempo antes que algún depravado quisiera aprovecharse de vos.
—Está bien, no importa —susurró ella, pensando que el oportunista había sido precisamente él y que no contento con eso, volvía a la carga. Quería que se fuera, que no la viera en ese estado. Tenía que mirarse en el espejo, segura de que parecía un monstruo—. ¿Por qué no me dejás sola? ¡Por favor! En cuanto salga de acá te llamo. ¿Te parece?
—No, no. De ninguna manera. ¿Cómo te voy a dejar sola?
—Pero eso es lo que quiero.
—No, de ninguna manera. Estoy en falta y tengo que acompañarte—. Insistió él con cara de borrego degollado.
De pronto ella se dio cuenta. Tenía ante sí a un reverendo pelotudo que no sería capaz de respetarla ni amarla como ella se merecía. Esta nueva lucidez ¿sería consecuencia del alcohol? Al fin de cuentas parece que algo pasa después de unas cuantas copas.
Cerró los ojos, los oídos, la boca y todo su cuerpo, segura de que al día siguiente él ya no estaría.

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Fernando Andrés Puga

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