jueves, 9 de marzo de 2017

Rediseño – Sergio Gaut vel Hartman


La sociedad humana se conmocionó cuando Tempos Inc. anunció que la primera máquina del tiempo estaría operativa en septiembre de 2017.
—Ahora podremos rediseñar la Historia —dijo el vocero de la empresa—. Eliminar a los genocidas en la cuna, derrocar a los tiranos, detener a los asesinos antes de que cometan sus crímenes.
Pero la cosa se puso densa después del siguiente anuncio. Tempos Inc. prefirió escuchar los cantos de sirena del mercado antes que su augusta misión, destinada a hacer felices a los seres de la especie humana y vendió la máquina por diecinueve millones de dólares a un consorcio integrado por Fox, Warner, Columbia, Universal, y Dream Works. El rediseño quedaba en manos de los guionistas de Hollywood.

Acerca del autor:

sábado, 4 de marzo de 2017

El ciclo trágico de la Pakaskkaklunta — Daniel Alcoba


Qobb al-Din no había querido exagerar con su harén. Dejó la soltería a los dieciocho años casándose con dos hermanas, luego incorporó al serrallo a una hija del muftí de Damasco, más tarde a la heredera de un petrolero qatarí, y finalmente a tres gimnastas rítmicas iraquíes que lo enamoraron haciendo piruetas en las olimpiadas Túnez 2062, y que él había raptado en el estadio olímpico valiéndose de un avión de despegue y aterrizaje vertical, de última tecnología, y de una escuadra muyahidín de audaces.
Se plantó en siete esposas que le dieron veinticuatro hijos. No obstante, quienes heredaron su poder político militar fueron los seis clones probos elegidos, que nacieron y se criaron sin madres ni nodrizas biológicas, en el laboratorio de ingeniería genética de Damasco. Ellos fueron quienes al mando del Emir de los Creyentes, su fuente genómica original, persiguieron, cercaron y enfrentaron al clon rebelde Canchisklun que se hizo fuerte en la ciudad de Tebas. No la Tebas de Grecia y de Sófocles, donde se exterminaron los herederos del rey Layo y de la reina Yocasta, y los de Agamenón y Clitemnestra; ni la egipcia de los grandes templos donde ayunaban los ermitaños cristianos, sino la Tebas de Tahuantinsuniyya, fundada por el Incalifa Qobb al-Din apenas lo invistieran Emir de los Creyentes, a causa de la defunción del primer incalifa Asadum ibn Yupanqui.
El decano incalifal, con perfecta disciplina teologal, tuvo un paro cardio-respiratorio el día de su 120º cumpleaños, tanto como para no transgredir el plazo existencial humano dispuesto por Dios en Gn 6, 3: Ciento veinte años serán sus días.
El ciclo tebano de la historia incalifal arranca con Siete contra Tebas. Los sietes son Qobb al-Din, sus cuatro clones generales, Ñaupa, Iscai, Quinsa y Tahua, los dos clones ministros de Economía -Hacienda e Interior, y Tebas (de Tahuantinsuniyya) es sobre todo la ciudad donde se había atrincherado Canchisklun con un batallón de dragones en cuasiecos heterogéneos, de veinticuatro pelajes diferentes:
1. Afantasmados del Níger: amarillentos con manchas blancas;
2. Alazanes de Trípoli: rojizos. Tres cuernecillos de jirafa, dos grandes y uno pequeño;
3. Azulejos de Tánger: pelos blancos y negros, con reflejos azules, 2 cuernos;
4. Barcinos del Atlas: pelajes de diversos colores, con muchas manchas de forma irregular, dos y tres cuernos;
5. Bayos mauritanos: del color de la arena del desierto, tres cuernos;
6. Cebrunos etíopes bi: oscuros con una banda negra paralela a la columna vertebral, y otras transversales en las extremidades; dos cuernos;
7. Cebrunos etíopes tri: blancos con muchas bandas transversales negras; tres cuernos;
8. Colorados de China: rojizos más rojos que el alazán; dos y tres cuernos;
9. Gargantillas chíies: con una mancha roja en la garganta; dos cuernos;
10. Gatunos sicilianos: pelaje oscuro con manchas negras, y negras crines, colas, ollares y patas; dos y tres cuernos;
11. Jabatos musabihun: pelaje de color ocre con manchas oblongas de color pardo, como los jabatos; tres cuernos;
12. Lobizones alunados: parecidos a los lobos por el pelaje, negros en las extremidades y rabo; dos cuernos;
13. Malacaras beduinos: mancha blanca en la frente, el resto casi siempre rojizo; dos o tres cuernos;
14. Malacaras de sueño: con una mancha negra en la frente y el resto del pelaje muy claro, semejante al bayo; tres, cuatro y hasta cinco cuernos (dos grandes y tres pequeños en este último caso);
15. Overos purpurinas: todos blancos con manchas de hasta cuatro colores diferentes; dos cuernos;
16. Overos degollados, con una mancha roja en el pescuezo, a tres cuartas del pecho, que a veces llega a éste; tres cuernos;
17. Palomos moros: blanco grisáceos, dos y tres cuernos;
18. Pampas argentiniyya: cabeza blanca y cuerpo oscuro; cinco cuernos;
19. Picos blancos quraysíes: pelajes oscuros, con mancha blanca en los belfos u hocico; tres cuernos;
20. Rabicanos libios: pelaje oscuro con manchas blancas en la base de la cola; dos y tres cuernos;
21. Rosillos del Sahel: mezcla uniforme de pelos blancos y rojizos; dos cuernos;
22. Ruanos al-Mawkibun: alazán, pero con crin y cola blancos; tres cuernos;
23. Tordillos yupanquianos: mezcla de pelos blancos y negros; dos cuernos;
24. Zainos Ccaya cama (hasta mañana) pardo oscuro con reflejos rojos; dos cuernos.
También de la dinastía clónica de Qobb al-Din y del ciclo tebano arranca la nueva psicología kluniana de Mundsig Freud'sKlon, psiquiatra vienés que a causa de la tragedia y también del hecho de ser él mismo un clon amamantado con pezones de silicona, investigó la psiquis resultante de las clonaciones desmadradas y publicó en 2075 su Klunpsychopathologica.


Acerca del autor:  Daniel Alcoba

Creador de universos - Daniel Antokoletz


Con suavidad, la nave se acerca al puerto de control y, en segundos, se integra en el Orbitus, el sincrotón más grande y poderoso de la historia.
Él está verdaderamente nervioso. Al fin le dieron turno para poder utilizar el Orbitus.
El acelerador de partículas abarca una órbita completa de veinte tercs [1] luz y gira alrededor de la enana blanca Paraíso, alimentándose de su energía
―Ingeniero 491519 ―dice el examinador vestido de espuma verde―. Tiene veinte tercs, ni uno más ni uno menos, para utilizar el sincro. Aproveche el tiempo. Si necesita más, debe solicitar un nuevo turno ―491519 mira aterrado al examinador. Sabe que si tiene que pedir otro turno, puede esperar varios anuks [2], quizás un tercio de su propia vida. Y él quiere tener su doctorado ya.
El examinador se para detrás de 491519 y observa cómo opera los controles. En su mano tiene la hoja electrónica con la tesis del ingeniero.
—¿Tiene idea de que lo que intenta probar es pura especulación?
—No señor, se basa en las teorías de Rok-Hem. El impacto de las subpartículas con ángulos y spines predeterminados por los cálculos y que colisionen a velocidades de veinte a veintidós cuarnets, darían como resultado un universo complejo estable por varios mili tercs. Y ese universo poseería una estructura dada por las distintas expresiones de una única ley endécimodimensional.
—Las probabilidades son muy bajas —sentencia el examinador mesándose la barba. ―En mi opinión esta tesis es toda una estupidez ―sacude el papel electrónico―. Crear universos estables... Quién puede creerse semejante tontería.
—Si procedo con cautela, puedo intentar dos, con mucha suerte tres colisiones.
El ingeniero se concentra en los cálculos y activa el generador. Un zumbido suave. El aumento de frecuencia indica que los superconductores se cargan. Puede imaginar el recorrido de las subpartículas saliendo del emisor y, acelerando de manera vertiginosa, girará por los anillos alrededor de la enana blanca diez veces antes de estrellarse una contra otra en el colisionador.
Los números se suceden en los medidores y la cuenta regresiva llega a cero. Simplemente los superconductores se descargan.
Tanto el ingeniero como el examinador, se acercan a la consola del analizador de micropartículas: efectivamente un universo se había creado, pero duró apenas un par de nano tercs.
—El orden de nano tercs …—dice el examinador—. Eso no lo podemos considerar un universo estable. Según los datos fue un universo levemente complejo. Cuatro o cinco átomos de diversidad como mucho. Inténtelo de nuevo.
El ingeniero verifica nuevamente los cálculos y observa que no manipuló los controles con la precisión necesaria. Necesitaba más energía. En su ansiedad, descargó demasiado rápido. Aspira profundo y trata de calmarse. Pasaron doce tercs. Sólo le queda tiempo para un último intento.
—491519 —lo apura el examinador—, ¿se encuentra bien? ¿Va a intentarlo de nuevo, o deja de hacernos perder el tiempo?
—Todavía me quedan suficientes tercs.
Se concentra en los controles. Pasa sus dedos por la consola de configuración cambiando parámetros y ángulos. Los superconductores comienzan su canto monótono.
Esta vez, el ingeniero se toma su tiempo. Una señal de alarma titila frente a sus ojos. Pero él no le presta atención. El examinador lo mira preocupado. Levanta la mano y la pone sobre el pulsador de emergencia que descargará toda la energía acumulada al hiperespacio, antes que se destruya el anillo.
—Aguarde un momento —le pide el ingeniero—. Aún tenemos margen de seguridad. Necesito de toda la energía que pueda entregar Orbitus.
El examinador no le responde. La mano sigue, ominosa, sobre el pulsador de seguridad. Si el sistema se sobrecargara, la enana blanca podría convertirse en una nova. Y destruir todo a miles de tercs luz. Mira al ingeniero, mira los medidores y aguarda.
El ingeniero observa la cuenta regresiva del ordenador, y dispara rápidas miradas sobre el hombro observando el examinador. Sabe que si se demora demasiado, el hombre desactivará el sincrotón y su doctorado se irá al traste. Al menos por mucho tiempo.
El contador llega a cero y los superconductores se descargan. El ingeniero cruza sus dedos y cierra los ojos. Se queda estático sobre los controles mientras el examinador observa los sensores.
―Ingeniero, obtuvo un universo bastante estable: ¡Diez mili tercs!
―¿Qué complejidad? ―pregunta el ingeniero aún sin abrir los ojos.
El examinador no le responde. Atentamente observa la impresionante cantidad de información que captaron los sensores dentro del universo. El ingeniero abre los ojos y ve la cara del examinador. Su larga barba blanca tiembla visiblemente.
―Hubo expansión temporal ―dice el examinador―, lo que para nosotros fueron apenas diez militercs, dentro de su universo pasaron ¡cien mil millones de anuks! La complejidad de ese universo fue casi máxima. Ciento treinta especies de átomos estables diferentes... ―el ingeniero le arranca la tableta electrónica de la mano y mira los datos que aún siguen transmitiendo los sensores amenazando con saturar la memoria de la máquina―. Y obtuvo desarrollo de especies biológicas. Cuatrocientas civilizaciones. Y varias de ellas tuvieron conciencia de su creador.
El ingeniero está excitadísimo, su éxito fue rotundo y, sin duda, ha logrado su doctorado.
―491519 ―le dice el examinador―, dado que ha aprobado su tesis, dígame su nombre para asentarlo en las actas.
―Dios. Soy el ingeniero Dios.
―Bien, a partir de ahora es el Doctor Ingeniero Dios, y se lo conocerá como el Creador de Universos.


[1] Terc: unidad de tiempo que se aproxima a un minuto terrestre.
[2] Anuk: unidad de tiempo equivalente a 525600 tercs (aproximadamente un año terrestre).

Acerca del autor: Daniel Antolokoletz

Arenga del Mariscal Zamudio al Octavo Ejército de soldaditos de plomo - Daniel Frini


Dirigió su ejército en veintiséis batallas, en cinco guerras. Las ganó todas. Recibió la Legión al Mérito, la Orden de Oro, tres veces la Cruz de Honor, cinco veces la Medalla al Valor en Combate. Fue nombrado Caballero de la Cruz de Hierro y Caballero de la Estrella Militar. Dejó el servicio activo con honores de Estado. Vivía alejado de la ciudad y de los juegos del gobierno. 
Hoy peleó la última batalla de su vida. 
Se encontraba en el sótano de la casona. 
Sobre la gran mesa en la que estaba maquetado el escenario del Some, uno de sus preferidos, esperaba su ejército: a la derecha, el Tercer y el Cuarto cuerpos ―doscientos cincuenta soldados de infantería y cinco piezas de artillería―. A la izquierda: el Primero y el Segundo ―trescientos soldados y ocho cañones―. Al centro, los ochenta integrantes de la Guardia Imperial y los ciento cincuenta combatientes del Sexto Cuerpo de caballería. Atrás, el Quinto de infantería, el Séptimo de Caballería y la Novena Guarnición de Artillería, con veintitrés cañones.
El Mariscal Zamudio vestía sus ropas de combate y cargaba todas sus medallas. Estaba reclinado, con sus nudillos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Todo estaba en silencio.
El viejo Winco carraspeó. En él giraba «La cabalgata de las Valquirias», del amado Wagner; en la versión de Furtwängler, de mil novecientos cincuenta. Apenas sonaron los chelos y tremolaron las maderas, el Mariscal habló:
―¡Soldados! ¡La hora del combate ha llegado! ¡Ustedes van a completar la obra más grande que el Supremo ha encomendado a los hombres: la de salvarnos de la esclavitud! ¡El día es hoy! No mañana, ni la semana próxima ¡Aquí y ahora! ¡En nuestra casa, en nuestro hogar!
Sobre la lluvia del disco, ascendió la escala de vientos y las cuerdas otorgaron una intensidad marcial. Fue como si se descorriese un manto de nubes, dejando ver a las Valquirias. 
―Camaradas de armas: ¡Somos invencibles! ¡Nadie nos negará, nadie nos desafiará, y nadie nos dirá quiénes somos, qué somos y qué podemos ser! ¡La derrota no está en nuestro credo! ¡La debilidad no está en nuestro corazón! ¡Tenemos agallas, tenemos huevos! ¡No hay cobardes entre nosotros!
Fagots, trompas, y chelos dieron paso al piano que creció hasta llegar al forte. Las Valquirias montaron sus caballos y galoparon hasta donde estaba el ejército. La progresión armónica tiñó el aire de misterio.
―Compañeros míos: ¡El enemigo que vamos a destruir, se jacta de treinta años de triunfos, de haber vivido apretando nuestras cabezas con su bota, pero no es digno de medir sus armas con las nuestras, que han brillado en mil combates! ¡El final de este día nos verá con nuestras espadas ensangrentadas o en la gloria de Dios!
La tonalidad cambió y se hizo más triunfalista. Las Valquirias celebraban y cantaban juntas. 
―Hermanos del alma: Subiendo esa escalera está el enemigo. ¡Carguemos contra él! ¡Derramemos su sangre! ¡Arranquémosle las entrañas y usémoslas para engrasar nuestras armas! ¡La Libertad será hija de ustedes! 
La música era impresionante. Todas las maderas hacían el trémolo, los fagots, las trompas y los chelos llevaban el ritmo de la cabalgata; las trompetas, los trombones y los contrabajos tocaban la melodía, con el acento marcado por los platos. Violines y violas dibujaban el ruido de los cascos de los caballos. 
―¡Soldados!: ¡Estoy orgulloso de comandarlos en esta lucha! ¡Mío es el honor de llevarlos al campo de batalla! ¡Conquistaremos aquello que no se ha conquistado! ¡Viva nuestra lucha! Octavo Ejército: ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores! ¡A la carga!»
La espectacular escala descendente de las cuerdas acompañó el grito de las Valquirias. Los ojos de algunas de ellas estaban llenos de lágrimas. El resto, contuvo la respiración cuando el viejo héroe, blandiendo su sable, subió la escalera de tres en tres escalones. 
El Mariscal Zamudio perdió su última batalla. 
―¡Ah! ¡Ahí está el señor jugando a los soldaditos! ―dijo su esposa apenas Zamudio apareció en la cocina, con el sable en alto― ¡Dejá esa cosa antes de que te lastimes! ¿Dónde estabas? ¿Con tu glorioso ejército? ¡Hace dos horas que te llamé! ¡Andá a lavar esos platos!
El Mariscal bajó la cabeza, dejó la espada, se calzó los guantes de goma ―aún vestido de combate y con todas sus medallas en el pecho―, abrió el agua caliente, tomó la esponja, le puso un chorrito de detergente y tomó el primer cacharro sucio. Mientras, su mujer miraba la novela.
Las Valquirias desaparecieron, silbando bajito, apenas el brazo del Winco llegó al final del disco y el automatismo lo llevó a la posición de reposo. 
El Octavo Ejército de soldaditos de plomo ni siquiera se movió de la mesa.

Acerca del autor: Daniel Frini

Relato de lo acontecido en Mantua, junto a un vado del río Mincio, en los primeros días de julio de 452 - Daniel Frini


León el Grande, Pontifex Maximus, va al encuentro vestido con toda la gala y magnificiencia de la que es capaz. A un paso lo sigue el consul Avenius; y, detrás de él, los prefectos Trigecio y Aluano. Sostiene fuerte, en su mano derecho, el cayado de pastor de la cristiandad, todo de oro con incrustaciones de las más extrañas gemas.
A León le dijeron que la pompa de Roma asusta a los bárbaros, que Atila es supersticioso, que tiene un enorme respeto por las personas que llevan nombres de animales y que, si bien no le importan los romanos, sí lo aterroriza la cólera de su dios crucificado. 
Pero el Papa sabe que el rey de los hunos no siente respeto por ningún nombre, y tampoco tiene el menor interés en el dios romano. A Atila solo le importa poner de rodillas a la ciudad arrogante. En cambio, a León le tiene sin cuidado lo que el bárbaro le pueda hacer a la Ciudad Eterna. Para él, sus verdaderos enemigos están en Oriente, se llaman Nestorio y Eutiques, y se empeñan en discrepar con los dogmas y en tergiversar la doctrina de Pedro, que habla a través de la voz del Papa. Por esa razón le exigió al emperador Valentiniano que los elimine de la Creación en lugar de pedirle que estacione a las legiones en las afueras de Roma, para defenderla de las hordas del Norte. Sabe, también, que es Valentiniano quien debería estar allí en su lugar; en vez de haber huído a esconderse tras las murallas de Rávena para escaper del saqueo; y que, si él tiene éxito, será la primera vez que el poder espiritual de la Iglesia se imponga donde falló la autoridad temporal del Emperador de Occidente. 

Atila, tanjou de todos los pueblos del norte y del este, martillo del mundo, está montado en su caballo. Lleva el torso desnudo y lleno de tatuajes color azul oscuro; el cabello largo y suelto; unos aros grandes, de oro; y unos brazaletes de plata que ciñen sus biceps. Está erguido sobre su montura, con su espada ―quitada a un general romano; y que, le gusta hacer creer, es la espada de Dios, y prometida para vencer en todas las batallas― desenvainada y cruzada sobre la grupa del animal. Siente curiosidad por conocer al representante en la Tierra del dios de los romanos. Su Mirada es adusta y terrible.
Detrás de él, están los ocho elegidos y su general Chanat.
Avanza para reclamar los territorios que hace unos años fueron de Alarico; y a Honoria, Hermana de Valentiniano, que le fuera prometida en matrimonio, que es otra manera de reclamar el Imperio. A su pueblo le cuesta moverse de un lugar a otro arrastrando tamaña cantidad de carros llenos de tesoros. A veces, se pregunta: «¿Para qué más?»; pero la sed de Gloria puede más. 

A León le dijeron que ese, que puede hacer que Roma se extinga, es muy educado, habla gótico, varias lenguas de los pueblos del norte, griego y, por supuesto, latín. Entonces dice, con corrección académica:
―¿Qué acelga, morocho?
Atila contesta, también en latín, aunque con acento de Panonia:
―¿Cómo andamio, cuervo?
―¿Así que andás con ganas de zamparte Roma?
―Ajá.
―¿Y se podría saber el porqué?
―Mayormente, porque la Honoria quiere que me case con ella. Hasta una carta me mandó. Me ruega que la salve, porque el hermano quiere casarla con un tal Baso; que parece que es medio carcamán. Y un anillo de ella, también me mandó. Mirá ―dice Atila, levantando el anular de la mano izquierda.
―Ah ―observa el Papa ―. Pero si la Honoria no está en Roma. Se fue con el hermano a la Galia.
―¡Notepuócreé!
―Se.
―¡Pero si me dijo que me esperaba allá! ―dice Atila, señalando al sur.
―Pero se fue con el hermano para allá ―dice León, señalando al norte.
―¡Entonces voy igual y me llevo todo lo que tenga valor! ¡Oro, plata, piedras preciosas!
―Piedras, ladrillos, botellas, ánforas pinchadas, pilas de madera para leña…
―¿Ah?
―Que no queda nada de valor en Roma. Alarico se llevó todo hace unos años.
―¡Los tomaré a todos como esclavos!
―¿Y a quién le vas a vender tullidos, desnutridos y viejos desdentados?
―Pero…
―Cualquiera que tenga capacidad de trabajar, hace rato que se fue de la ciudad. Andan por Galia, Lusitania, Alejandría o Constantinopla. Ahí no queda ninguno que sirva.
―¡No jodas!
―En serio. Roma está vacía.
―¡Ja! ¡Al menos, llevaré a mis hombres para que disfruten de las mujeres! ¡Los lupanares de Roma son famosos desde el Mar del Oeste hasta los confines de Asia!
―Eso era antes.
―¿Cómo antes?
―Se. Antes todo era una joda. Pero te hablo de la época de mis tatarabuelos. Desde que llegó éste ―dijo el Papa, levantando su cayado para que se viese la cruz― se puso jodida la cosa. Ahora todos son santos, y el ultimo quilombo cerró hace como cien años.
―¡Nuuuuuu! ¡Pero entonces…! ¡Es un embole!
―Satamente.
―¡Naaa! ¡Si mandé mis espías y me dijeron que es una ciudad fantástica!
―Fantasma. Una ciudad fantasma.
―¡Mirá vo!
―Se.
―¡Pero me imaginaba otra cosa!
―Vos sos un tipo culto ¿no?
―Algo.
―¿Oíste hablar del cielo y el infierno que tenemos nosotros los cristianos?
―Clá.
―Pensá en el infierno. ¿Quiénes van allá? Asesinos, violentos, malvados, taúres, ladrones y ―León hace una pausa para generar suspenso ―…promiscuos, prostitutas, mujeres livianas, mujeres infieles, ninfómanas. Ahora, pensá en el cielo. ¿Quiénes van allá? Santas y vírgenes. Y decime: ¿dónde hay sexo, orgías, vino, hidromiel y partusas? ¿En el cielo o en el infierno?
―Calculo que en el infierno.
―Ahí tenés.
―Ahí tenés ¿qué?
―Roma es el cielo.
―¿Ah?
―¡La pelota que sos lerdo! Roma es la sede de ¿quién? Del sucesor de Pedro, que vengo a ser yo. O sea que yo soy ¿quién? El representante de Jesucristo en la Tierra. Y yo tengo las llaves de ¿qué? Del cielo, claro. Yo vivo en Roma, por lo tanto ¡Los que están ahí van a ir todos al cielo! ¿Entendés?
―¡Ahora! O sea ¿nada de putas?
―Nada.
―¿Nada de orgías?
―Nada.
―¿Nada de sexo?
―Nada.
―¿Nada de bacanales?
―Nada de nada.
―¡Dejate de joder!
―¿Te das cuenta de la cruz que me toca cargar?
―¡Te compadezco!
―Es lo que se dice un sacerdocio.
―¿Y dónde queda el infierno? ―pregunta Atila.
―Por allá ―dice el Papa, señalando el Noreste.
Atila hace una larga pausa, mirando sin pestañear a León, a quien un sudor frío le perla la frente. En ese momento exacto se juega el destino del Imperio de Occidente y la superioridad de la Iglesia sobre los poderes terrenos.
Atila tira las riendas de su caballo, que gira sobre sus patas. Se dirige a sus hombres y les dice
―Vamos.
Roma se ha salvado.

Acerca del autor: Daniel Frini