miércoles, 30 de marzo de 2016

Ciclo de venganzas – Sergio Gaut vel Hartman


Franz Kafka despertó convertido en un monstruoso escarabajo; la venganza de Gregor Samsa se había consumado. Y no solo esa. Ahí estaban también Ernest Hemingway, recostado contra una pared, borracho, tratando de calzarse unos zapatos de bebé demasiado pequeños; Huang Tsu aleteando como loco contra el vidrio de la ventana, y el dinosaurio, devorando a dentelladas muy poco escrupulosas al mismísimo Augusto Monterroso. Llorando amargamente, Kafka añoró sus épocas de escritor, cuando sufría sin medida y eso lo llenaba de felicidad. En fin, reflexionó, hay que resignarse, sacar lo bueno de lo mano, como escribió alguna vez Robert Penn Warren. De pronto su olfato detectó algo que no esperaba. ¡Maravilloso! El dinosaurio y él serían grandes amigos. Se acercó al gigantesco animal y dijo carraspeando:
—Perdón, ¿me permite?
—Es toda suya —respondió el dinosaurio. Kafka sonrió; era muy pesada, pero el esfuerzo valdría la pena. Empezó a empujar.


Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Una de perros - Héctor Chavarría


Desde chilpayatli soñó con tener barbas, para parecerse a don Hernán en vez de a Juan Diego, porque il pobri, era más indioqu`il neutli. Aunque tuviera nombre de arcángel.
Al llegar a la adolescencia, una noche de luna llena y en la borrachera del cóctel de hormonas, descubrió con felicidad su incipiente licantropía.
¡Al fin tendría pelos! ¡Sería hirsuto de cuerpo completo! ¡Qué maravilla! Pobre…
Olvidó que sus raíces caninas ya no estaban emparentadas con el loberro mesoamericanus y menos con el canis lupus, ni siquiera con el canis familiaris o el pupis vulgaris, sino que al paso del tiempo había devenido en xoloitzcuintle o sea…
Resultó ser un licántropus Salinus: sin pelo.
Y, al dejarse crecer el que tenía, con un notable parecido a Rigo Tovar…

Acerca del autor:

Círculo vicioso – João Ventura


Sentí un placer intenso cuando lo vi. Un cuerpo escultural, uñas de color rojo, un escote generoso, era la imagen perfecta de la seductora entrado al bar cuando terminaba la tarde.
Leo estas líneas escritas, y vuelvo a escribirlas, una y otra y otra y otra vez todavía. Una parte de la terapia a la que me condenó el tribunal, es recordar continuamente el comienzo de los acontecimientos que me llevaron a torturar y matar a esa mujer.
Mientras escribo, me imagino el festejo que haré el día que salga del hospital: volver a aquel bar, sentarme junto a la barra, pedir una cerveza y esperar... esperar a que aparezca una mujer que me lleve a empezar todo de nuevo...

Acerca del autor:

Traducido del portugués por Sergio Gaut vel Hartman

Despavorido - Héctor Ranea


Salió del campanario hecho un alma en pena, pobre. Volaba primero en círculos verticales rizando el rizo, luego no resistió la tentación y se hizo triángulo obtusángulo, cada lado pintado de rojo como los estambres del azafrán, pero la luz que reflejó la cerradura del libro que le permitió volar le hizo de pedúnculo de vidrio y poco después se desplomó contra el granitullo azul plateado de la plaza. Acomodó las plumas pegadas a las alas de cuero, leyó otra vez el acertijo en la palma de sus manos ensangrentadas e intentó salir de ahí. No contó con la gente que, asustada, empezó a apedrearlo y, claro, con tanto peso no pudo volar.

Acerca del autor:

Aprendiz de brujo - Fernando Andrés Puga


Y sí, todavía le falta dijo el maestro mientras apoyaba el cucharón sobre la mesada luego de catar el brebaje—. Vas a tener que dejarla hervir un buen rato.
Pero si la puse en el caldero hace más de... una hora. ¿Puede ser que tarde tanto en cocinarse?
¡Por supuesto! Algunas ideas tardan hasta tres horas en ablandarse. Y acordate que no tenés que parar de revolver.
Resignado, tomé el cucharón y proseguí con la tarea. ¡Jamás hubiera imaginado que mi incredulidad iba a resultar tan dura!

Acerca del autor:

viernes, 25 de marzo de 2016

Pedido de Mano - Adriana Alarco de Zadra


Cada vez que se inauguraba un parque o un monumento en la pequeña ciudad andina, se hacía el pedido de mano.
Los funcionarios municipales con traje de domingo, se acercaba a la casa de Ildemira Huapaya, con discursos pomposos y sollozos de las lloronas, a pedir la mano santa para bendecir todos los rincones de la ciudad, en especial el parque o el monumento en cuestión.
Ildemira salía, con ademán ceremonioso y manto bordado, a bendecir con agua bendita de la iglesia cercana, después de acercarse a la tumba de su abuela, fallecida en olor de santidad a la edad de 105 años. Luego de haber sacado la mano huesuda del cajón, desprendida por el pasar de los años, le ponía una ramita de ruda y una de romero entre los dedos que encerraba en los suyos y bendecía en la ciudad todo lo que necesitaba bendición a gritos.

Acerca de la autora:
Adriana Alarco de Zadra

Designio divino - Sergio Gaut vel Hartman



Gregor Samsa, resignado a vivir el resto de su vida como un monstruoso insecto, decidió matar las horas escribiendo microficciones. La primera de ellas empezaba así: "Un día desperté convertido en un bello escarabajo y me alegré al saber que Dios me había elegido para empujar barranca abajo a esa voluminosa bola de mierda que los arrogantes llaman 'especie humana'".

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Simonsberg de Munich - Daniel Alcoba


Simonsberg siempre descreyó, no tanto por agnóstico cientificista, como por soberbia creativa. Adolescente, porque era hijo de un ingeniero de imagen y sonido, cambió la noche de Munich, proyectando sobre la atmósfera de la ciudad, convertida en gran pantalla más baja que las nubes, donde representó el cielo de la noche en que él naciera, diecisiete años antes. Con esa provocación pudo ahorrarse todo ese tiempo, ya que había puesto su calendario personal a cero justo allí, en la ciudad natal.
Los especialistas de guardia del observatorio astronómico se dieron cuenta del juego enseguida, igual que muchos aficionados a la cosmología y un par de astrólogos profesionales. Un gracioso había convertido la ciudad en planetario, podían aceptar y aún seguir la broma, después de todo más alegre que la bóveda encapotada y como incendiada por los reflejos de la luces urbanas en los cúmulo nimbos, que era el cielo sin proyección. Pero el ardor juvenil exagera, y Hans Simonsberg, futuro Piojo de Cronos, devoto de la luna, pero también desenfrenado, no pudo resistir la tentación de generar una segunda luna en su cielo de síntesis, menguante.
Ese firmamento con dos lunas hundió en la perplejidad a todos los muniquenses distraídos o ingenuos: aquello del par de lunas les recordaba algo ominoso; pero como convertir grandes superficies en planetarios tampoco era novedad, porque lo hacían las estrellas del rock en sus recitales desde hacía muchos decenios; cuando Hans Simonsberg acabó de izar el menguante desde la superficie del río, los muniqueses se cabrearon: abucheo multitudinario.
El ingeniero de imagen y sonido Franz Simonsberg supo de inmediato quien era el autor de aquel cielo, lo supo cuando los peatones y paseantes de la Karlsplat comenzaron a señalar, a comentar a gritos, a reprobar aquella segunda luna menguante que de pronto había surgido del agua del río para elevarse igual que si fuera un globo de helio o una gaviota de luz emergida del fondo del Isar. Y como lo supo de inmediato, ya no pudo seguir cortejando a la señora que paseaba el perrito de lanas por la plaza, porque temió que a su hijo le diera a su vez por pasear naves alienígenas, ángeles de la muerte, vacas con alas, o cuando menos pájaros aciagos por aquel cielo de síntesis; de manera que se despidió de la señora del perrito para buscar enseguida un helitaxi que lo llevase hasta el taller. Y en efecto, el autor de aquel cielo era su hijo Hans, a quien pudo sorprender en plena proyección.
Herr Franz Simonsberg dudaba entre azotar a su hijo, puesto que había empleado unos proyectores de prueba, unos prototipos cuya potencia y características técnicas ignoraba él mismo todavía porque ni siquiera los había retirado de los cajones de embalaje con sellos de Shanghai, o bien felicitarle por el arrebato de genio. Pero corría el mes de julio, aún quedaban al monstruo de Hans unos cuarenta y cinco días de vacaciones antes de regresar a la universidad Politécnica, y si Franz no ejercía con un cierto rigor su autoridad paterna, su hijo acabaría inventando algún artilugio que sumiera a los muniquenses más impresionables y desinformados en el pánico, o lo que es lo mismo, en eventuales desgracias indemnizables que podían deparar la ruina financiera a la familia. Además de las multas de hasta cinco mil tetradracmas que le aplicaría la secretaría de Obras y Servicios Públicos del mandarinato que ejercía Jun Hen Meh, por añadidura, presidente director general de la Chou Hen Lai Corporation.
Y entonces tuvo la mala idea de recluirlo en su propio laboratorio de imagen y sonido durante el resto de aquellas vacaciones, para que el joven ideara «un modo eficaz de devolver bien por el mal que había hecho». Y cuando el precoz reformador del cielo astral preguntó cuáles fueran esos males. Su padre le explicó que justo cuando estaba por llevarse a la cama a una señora que paseaba un perrito de lanas por la Karlplatz, subió por el lado del río la segunda luna, y la mujer, en vez de mirarle a él que estaba a punto de soltarle una frase de irresistible seducción, dio en un asombro y nerviosismo que se acentuaría al oír el abucheo general, ¿a quién reprueban? ¿eso es un globo que simula ser otra luna? ¡Pero si vi en las noticias que hoy toca luna nueva, y lo que se ve es una menguante y otra creciente! Y en segundo lugar, por supuesto, debía considerar que en la ciudad había aquel año, de acuerdo con las estadísticas de la confederación europea de mandarinatos, trescientos mil melancólicos, muchos de ellos acaso incapaces de resistir la maléfica sugestión de ese cielo.
Que en tercer lugar, no puede cambiarse así como así la imagen de la noche en una ciudad como Munich, sin una autorización de la secretaría de marras del mandarinato muniqués y el visto bueno de la autoridad administrativa y de seguridad que tiene jurisdicción en el espacio aéreo. Mañana los eunucos de guardia en la tesorería del mandarín Jun Hen Meh le darían en propia mano la intimación al pago de una multa de cinco mil tetradracmas.
Fue en este momento, cuando intentara consolar a su padre del fracaso con la señora del perrito de lanas, cuando El Piojo de Cronos formuló por primera vez, aunque de una manera del todo intuitiva, rudimentaria, inconsciente, lo que con los años llegaría a ser el Teorema de Bell –Simonsberg: «Padre, –dijo El Piojo de Cronos– si has tenido durante un instante a una mujer que se te entrega, siempre tendrás la posibilidad de que se vuelva a entregar en el futuro, a menos que cometas torpeza a la hora de cortejar... Si ella se dejó llevar un momento por el ensueño de entregarse a una ilusión, lo único que debemos hacer es reproducir dicho período y encauzar el tiempo espacio hacia el objetivo pretendido: llevar infinitamente (∞) a la señora del perrito a la cama; apartando al chucho todo lo posible.»


Acerca del autor:
Daniel Alcoba

Saturnina Seco - Ana María Caillet Bois


Mi nombre lo dice todo, me llamo Saturnina Seco y así esta mi corazón, seco, incapaz de sentir amor. Vivo sola, ¿será que la soledad se adueñó de mis sentimientos? Me olvidé de soñar; menudo trabajo me espera si quiero recuperar mis sueños. Pero sé que son deseos tontos; ya es tarde para mí. Se me fue la vida en la manía de la perfección, la casa limpia, la ropa impecable y también impecables pensamientos. Hoy me senté a mirar el afuera, el mundo, la gente que me rodea. Cuando encuentre mi sombra, que quedó prolija y almidonada en el cuarto de planchar, sé que lograré salir de la casa, pero por ahora es imposible, la muy ladina huye de mí y cuando aparezca estará sucia y arrugada, para que yo tenga que volver a empezar.

Acerca de la autora:

Etapas de un asesinato – Daniel Frini


Cuando Mr. McCormick llamó a su criado, éste le llevó el five o’clock tea, tal como hacía todos los días.
—Felicidades —dijo el sirviente—, se cumplen hoy tres mil veces que trato de matarlo con el té envenenado. Un récord que el Señor sabrá disfrutar.
—No lo crea usted —respondió McCormick—. Morí el tercer día en que me sirviera veneno. Sólo que mi digestión es lenta.

Acerca del autor:
Daniel Frini

martes, 22 de marzo de 2016

Enemigo - Jorge Ariel Madrazo


No lo ves, pero está. Se desliza hacia un costado, con ese brinquito. Y sin embargo. Tu mirada lo intuye con dificultad. Quién iba a imaginarse. No, no digas “pucha”, ni “mi dios”. Basta de quejas. Abrís la puerta, por si... Pero no. El asunto suena difícil. Ahora ¿no camina, eh, por el dormitorio?¿No saltó al espejo? Sin dudas. Te atrevés a alzar la vista hacia su óvalo alunado. Ahí está, frente a vos: tu Enemigo. Hasta se atreve, el muy canalla, a mirarte.

Acerca del autor
Jorge Ariel Madrazo

El muerto - Jorge Ariel Madrazo


Quiso aferrar el libro que alguien proponía a su mano: los dedos arañaron inútilmente el aire. Tampoco logró entender cuando, más tarde, al querer asir la cintura de la muchacha en medío de la algarabía, su brazo atravesó un hueco donde la joven desapareció, gritando su nombre. 
No duró mucho la tranquilidad que siguió al suceso: estaba en el jardín de su casa de campo. De pronto, un mensajero cruzó la vereda de lajas y, no bien estuvo ante él, le tendió el sobre lleno de sellos. “De parte del Almirantazgo”, ladró. Pretendió apresar aquel emblema, sin duda importante. Pero el sobre flotó en la brisa mientras sus brazos se agitaban en un intento, vano, de capturarlo. 
Derrumbado en su silla de ruedas, apenas si atinó a sospechar que esos episodios eran exactas premoniciones. Mientras los asesinos huían comprendió, con odiosa lentitud, que acababa de morir.

Acerca del autor:
Jorge Ariel Madrazo

Cosa’e Mandinga - Jorge Ariel Madrazo


Tanto poder. Y para qué. Si ella, la diabólica, no lo amaba.
Dijo: “Deshágase el cielo”. Y se deshizo.
Y tanto sol, ¿para qué?
Ordenó: “Apáguese el Sol”.
De pronto: la súbita noche absoluta. El hielo helándolo todo. El diablo se congelaba.
Quiso rogar: “Hágase el fuego…”. Pero el frío lo paralizó.
Se oyó, arriba, la burla del Gran Lamparero : “¿Queriendo imitarme, eh? Ahora, a bancársela”.
Satán comprendió que debía resolver de otro modo sus problemas de pareja.

Acerca del autor:

Mientras él sueña - Jorge Ariel Madrazo


Mientras él sueña, guiños de automóviles esparcen estelas cegadoras sobre el puente (dorado) de su mente. ¿Galopan esas luces hacia el río? ¿Acuden a un Llamado que él no oyó? Esas luces ¿sabrían acaso transmutarse en marea de elefantes bramadores? ¿O, por curioso capricho o azar, serénanse esos autos, esas luces, y han de ser góndolas dentro del alma de aquél que sueña para Nunca, Jamás, despertar?

Acerca del autor:

La calle más boluda del mundo – Jorge Ariel Madrazo


Estos grandulones ahora arrastran los pies para levantar de pronto uno de los zapatos con un chasquido y elevarlo y patear una bolsa de basura con gato y todo y enviarla a un kilómetro entre risotadas gritos ché boludo vení boludo dos de ellos se dirigen en un trotecito hasta la pared se ponen a mear comparan la dimensi¢n de sus vectores amagan toquetear a la mujer que camina la misma vereda y que finge no verlos y en eso desde las cornisas llovizna aquel tizne aquel carbón en gotas mugrosas aquella desolación plomiza del Once. Estos grandulones gritan uugh ante las fotos del cine porno y de repente: la más tetona de esas imágenes exfemeninas se descuelga por la pared, a riesgo de rasgar la bombachita de seda cuyo borde superior se le acampana en la cintura como una corola renegrida, tan brillante, y les cecea a los grandulones absortos: ¿quién es de vosotros, chavales, el más machito y bien puesto? (probable origen hispánico, adviértase, de la criatura).
Estos grandulones escapan de la dulce criatura cruzan a toda carrera casi se tiran bajo el auto que debió frenar y casi estrellarse contra un farol de la plaza, a toda carrera acuden estos grandulones a las videomaquinitas de la estación, vení boludo no seas boludo andá  boludo de dónde salió esa mina ma qué mina era un vagón te arrugaste todo las minas no existen boludo son un mito (esto lo dice -a si mismo- el borracho vuelto un amasijo en la mesita sobre la vereda; el mismo borracho que se responde: cómo un mito, el mito sos vos, boludo).
Plaza Once gris-muerte alfombrada de boludos, con ese boludo monumento mortuorio, el más boludo que concebirse pueda, consagrado a un mulato boludo que después, encima, invistió nombre de calle. La más larga y boluda del mundo.

Acerca del autor:

Manía de sabio - Jorge Ariel Madrazo


El profesor Rudolf Lipezki tenía un hábito incordioso: cada noche, hacia las cuatro de la madrugada, salía al balcón y aullaba. Sus vecinos, hartos, poco podían hacer: el profesor era un hombre influyente. Golpeaban a su puerta: no respondía. Fueron en delegación a increparlo en su laboratorio. Cuando la secretaria los hizo pasar descubrieron el problema: de día, entre tubos y retortas, el profesor era un lobo hecho y derecho. De noche, al descubrirse otra vez humano, la frustración lo impulsaba al aullido.

Acerca del autor:
Jorge Ariel Madrazo

Elainam - Jorge Ariel Madrazo


Elainam siempre me había resultado una chica extraña. Cuando me miraba yo tenía la sensación de que estaba dándome la espalda, lo que, de ser cierto, habría sido una atroz descortesía. Muy pocas veces sacaba las manos de los amplios bolsillos de su tapado verde; cuando me extendía los dedos fláccidos o revolvía el azúcar en el café, me ponía en la obligación de recomendarle la urgente ingesta de vitaminas: aquellas prolongaciones semejaban alambres achicharrados por alguna descarga voltaica tan eigmática como impiadosa. Pero era casi bella en su singular atractivo que me acicateaba un deseo raro, como de otro mundo (debo confesar que me atraían, sobre todo, sus pechos turgentes). Elainam era, agrego, una lectora voraz: devoraba uno tras otro los video-libros, aunque aparentara leer con la nuca.
Y bien, se la hago corta, amigo; esta historia es demasiado dolorosa para mí. Cierta noche infausta me atreví a abrazarla: al ceñirla con mis manos ávidas comprobé, atónito, que Elainam ostentaba del reverso otro par de pechos. Al volverse enseguida hacia mí, desbordando ternura, advertí horrorizado que tenía también otro rostro, o quizás otra espalda. ¡Ambos lados eran idénticos! No pude contener un grito de horror. Elainam me alejó de un empellón, llorosa y ofendida: “Es lo que hay”, me dijo trémula. “Las chicas de Ganímedes somos así.” Y se fue, como quien se desangra. Aun no pude sobreponerme a esa ruptura con la mujer, o lo que diablos fuera, que quizás me hubiera amado como ninguna.

Acerca del autor:
Jorge Ariel Madrazo

jueves, 17 de marzo de 2016

No hay ave sagrada que no vuele cuando es viernes – Héctor Ranea


—Dígame —le pregunté al pajarraco—: ¿Usted es un animal sagrado?
—Depende, master —contestó con la voz retumbosa de los que tienen moco de pavo—. Algunos me consideran bastante sagrado porque, cuando sobro, se corta su mayonesa, pero a decir verdad: ¡todas patrañas! Soy un pájaro del montón.
—¡Pero habla!
—Sí; claro. Como todo humano, usted es demasiado humano: piensa. Así, aunque insisto que no soy ni vaca ni buey sagrado, le digo que anduve con el mismísimo Zarathustra.
—¡Amalaya! ¡Usted era el águila!
—A decir verdad, master, si yo fuera águila usted sería una sirena.
—¡Qué perspicacia! ¡Qué profundidad!
—Profundidad, sí. No hay duda. Y ya que estamos: ¿cuánto calcula usted el pozo donde se ha caído? —me dijo el bípedo emplumado.
—No mucha. Esto que usted ve acá es un tonel.
—¿Vacío? No sé si llorar por tí o irme al carajo volando. Mejor elijo volar.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

Olimpo Sociedad Anónima - Daniel Frini


Panteón de los dioses, buenos días. Habla Adara ¿En qué puedo ayudarle? No señor, el señor Poseidón aún no ha llegado. Si usted quiere, lo puedo derivar con con el señor Aqueloo, que aunque es dios del río Aspropótamos, se encarga más o menos de los ríos y lagunas. Ah, claro. No le sirve. Bien. Tomo nota. ¿Cómo es su nombre? ¿Me lo deletrea, por favor? Ese, o, ere, e, ene, ese, e, ene. Sorensen. Ah, pero no es griego. ¿De dónde llama usted? ¡De Noruega! Entonces, está equivocado. Tiene que llamar a Kalevala Sociedad Anónima. Y, no sé…Pregunte por el señor Odín…

Acerca del autor: 
Daniel Frini

La señal del Clemente – Daniel Alcoba


En el súbito derrumbe o la imprevista crisis de torpeza de su cuasieco Asifun no podía haber sino un nuevo mensaje del Clemente. En efecto, la bestia del Emir de los Creyentes fue la única de la parada y desfile que se comportó como un auténtico mamarracho. Sólo el cuasieco de Qobb al-Din marchó o trotó de un modo del todo indigno de un jinete beduino, para colmo jefe del arma de caballería. ¿Pero qué podía hacer? No hay que cambiar de cuasieco en medio de una algazara, dice un refrán beduino, que también vale para una parada.
De todas maneras, Qobb al- Din abrevió la revista a cuatro páginas: hizo un pasaje, con el cuasieco derivando hasta dos pasos a uno y otro lado de la recta axial. Algunos jinetes del 28º de Predicadores no pudieron ocultar los esfuerzos que hacían para no reír. Había quien se mordía los labios aprovechando la cubierta del bigote, la barba, y quien la lengua. El Emir estaba más que serio, temía que el animal se cayera de lado, de modo que intentaba concentrarse en lo que tendría que hacer en caso de derrumbe. En principio, quitó los pies de los estribos para girar en sentido contrario al de la caída de Asifun… Pero éste no se cayó, con perfecta indignidad caminó haciendo eses hasta el final de la línea, y Qobb al Din lo condujo a las cuadras de la comandancia.
Apenas hubo desaparecido el emir de la vista de la tropa formada, echó un pie a tierra y llevó al cuasieco por la brida hacia la cuasiequeriza. Él en persona le quitó los arreos.
—No se inquiete, soldado —le dijo a un asistente de cuadra que se acercó para ocuparse de la montura—. La silla se la quito yo mesmo.
Entretanto, el oficial al mando, en el patio de armas ordenó: “¡Rooooommm pan filas!”. Al mismo tiempo que las hileras y líneas se rompían, una carcajada unánime trepaba al cielo como una aclamación de la multitud.
El jeque apenas oyó un rumor, pero su amauta, que a la sazón hacia caracolear a Jhuchuy entre los cuasiecos de las compañías de predicadores, regaló al respetable la filigrana del trotecito bailado, que consiste en un andar de fantasía donde el cuasieco marca cuatro pasos con los cascos traseros por cada uno que da con los delanteros.
—¡Jinetazo, el Hatun Amauta! —gritó un recluta argentino, creyente, que estrenaba cuasieco, chilaba de campaña y Kalashnikov.
«Yaque Hatun Amauta» «Yaque, yaque Hatun Coranquenque», se saludaron los dos indios sabios, amauta y coraquenque.

Entretanto Qobb al-Din llevaba a Asifun dibujando eses con las cuatro remos. Apenas vio un montón de paja lo bastante grande, el malacara alazán se echó de bruces, estirando luego los miembros como si estuviera desperezándose. Acabado ese ejercicio, soltó primero una especie de bramido toruno que debió oírse a tres kilómetros de distancia; y a continuación, se tiró un pedo de gran volumen gaseoso que sonó con  estridencia de claxon alto. A continuación, apoyó la cabeza entre los remos delanteros, y rascándose las corvas con los cuernos, se puso a roncar como una escuadra de creyentes que duermen después de haber triunfado en el combate.

El jeque estaba mirándolo con pena. Fue justo entonces cuando llegó el Amauta ibn Quillán, todavía sosteniendo el trotecito bailado de su overo bicorne, que ya cortejaba el zapateo.
—Me temo que este animal esté bastante enfermo, Abdulá.
—No,  jeque, verá usted: se ha comportado como cualquier cuasieco pasado de ansiolíticos, Eminencia. Pero yo le suministré sólo una pastilla, en la dosis correcta: diez miligramos.
—¿Le has dado ansiolíticos y no me dijiste nada?
—¿Para qué distraerlo con menudencias, Emir? A los cuasiecos como el suyo, sobre todo antes de una revista o parada, hay que darles una pastilla de diez miligramos, es la norma. No olvide la publicidad de la tele, Pachanchik Jiqui:
Si el cuasieco está gruñón
Le da un toque de Ansinón.
Y eso es lo que hice, darle a Asifun una pastilla de Ansinón 10 en el interior de una algarroba. No entiendo por qué se puso así…
Qobb al Din reclamó al veterinario del Regimiento de Predicadores con el celular de campaña. El hombre, que llegó en apenas tres minutos, tomó el pulso y la temperatura al animal echado, luego le examinó la lengua, Asifun sacó de muy buena gana unos cuarenta centímetros de aquella, que bastaron para ensalivar la cara del sanitario, asquerosamente.
El jeque y su amauta se habían distanciado de las cuasiequerizas.
—¿Qué dijeron de mí los soldados al romper filas, Abdulá?
—Decir no decían, Pachanchik Jeque, pero reír, sí que reían, por la figura que hacían usted y Asifun, Eminencia, ¡jispaykukunapaqchi asiyn, jeque, jispaykukunapaqchi!
—¿Otra vez con el quechua? ¿Qué cojones significa lo que has dicho?
—Pues eso, que se meaban de risa, Eminencia, de la figura que usted hacía jineteando al cuasieco borracho. Me preguntó si este animal no habrá bebido alcohol en un descuido nuestro…
—¿Pero de verdad que alguno se ha meado de pura risa?
—Sí, jeque, algunos se han meado de risa. No se lo tome a mal; reían sanamente.
El jeque se mantuvo en silencio. También en el hecho de que sus oficiales y soldados se mearan de risa había un signo: estaba en Bolivariyya para imponer disciplina y concentración antes de los combates, y se convertía en el hazmerreír de la tropa.

La parada había sido breve no tan breve. No hubo discursos, nadie pronunció una palabra. Sólo se habían oído carcajadas, y se habían visto árabes, asiáticos, quechuas y aymarás meándose de risa con el espectáculo del Emir de los Creyentes que hacía de payaso sobre un cuasieco que iba tan borracho como un mero incircunciso.

Acerca del autor:
Daniel Alcoba

Adiós, Marte - Daniel Antokoletz


Su equipaje ya se encuentra a bordo. Se detiene en el medio de la escalerilla. Se da vuelta y un gemido surge de sus entrañas. Observa el seco paisaje rojizo y sabe que será la última vez que lo ve. Se corre la máscara que cubre su nariz y su boca, e intenta dar una última inspiracón de ese enrarecido aire helado. Un acceso de tos lo obliga a ponerse la mascarilla de nuevo. Ve pasar rasante a Deimos y por un instante puede ver como se alínea con Phobos y juntos apuntan hacia su destino. Hacia su nuevo hogar.
La tristeza lo embarga, sabe que es el último en abandonar un planeta arrasado por la guerra y la estupidez. Ya no queda ningún ser vivo en el planeta.
Cuando comenzaron las guerras pónicas, ya se sabía que las armas podían aniquilarlo todo. Los ingenieros armamentistas creaban armas cada vez más letales y poderosas. Pero las armas de antimateria más poderosas eran preferibles a las muertes silenciosas que creaban los biólogos.
Los independientes sabíamos que este día llegaría. Un estúpido daría con el arma más poderosa. Con el arma final. Y ese estúpido era de su equipo: era un independiente. Gosforet, un científico que estaba menos interesado en la guerra que casi nadie, lo descubrió.
Entre los independientes, había tres facciones que trabajaban de manera paralela: estaban los marteformadores, los adaptativos y los fujitivos.
Los marteformadores querían marteformar al tercer planeta o a la gran luna del planeta gaseoso de nuestro sistema solar en un lapso de décadas. Analizaban cómo enfriar ese planeta con océanos abundantes y verde follaje o cómo calentar el satélite del vecino gigante. Todos trabajaban juntos. Los descubrimientos de los distintos equipos se compartían sin reservas entre todos para que cada uno agregue sus conocimientos o exponga sus críticas.
Los adaptativos, buscaban algún tipo de retrovirus que modificando nuestras características corporales, nos permitiera vivir en cualquiera de las dos posibilidades.
Y los fugitivos, decidieron congelarse y huir en un enorme depósito que vagaría por el espacio en busca de un planeta que tenga las mismas condiciones que nuestro amado Marte.
Y llegó el fatídico día. Gorosfet encontró una manera de generar una bacteria que pudiera bajarle la temperatura al tercer planeta. Y los guerreros durens se enteraron... La última de las guerras pónicas estaba llegando a su fin. Y los durens estaban desapareciendo.
Cuando parecía que no sería necesario evacuar el planeta, los durens se hicieron de la bacteria y la soltaron en nuestros terribles vientos. Esa bacteria aérea se reprodujo con una virulencia tal, que en poco tiempo vimos desaparecer el agua de los ríos, nuestros pequeños lagos salados comenzaron a desaparecer congelados en las profundidades de la arena vapuleada por las cada vez más terribles tormentas. Y el planeta se desertizó.
Los fugitivos hace rato que se dirigen a los confines del sistema solar. Los adaptativos nos inyectaron lo que ellos creen nos permitirá sobrevivir en lugares más cálidos y oxigenados. Ahora todos nos hicimos fugitivos. Nuestro destino es más cercano. Pero ¿Cuántas generaciones de sufrimiento nos llevará adaptarnos a esas temperaturas cálidas? ¿Cómo soportaremos esa gravedad tan terrible? Solo el tiempo lo dirá.
Vuelvo a mirar el rojizo paisaje y miro ese punto más cercano al sol. Con un nudo en la garganta apenas puedo balbucear:
–Adiós, Marte; hola, Tierra.

Acerca del autor:
Daniel Antokoletz

El apellido - Abel Maas



Ya estoy cansado de entrar a los ministerios o a las comisarías y cuando me preguntan el apellido y hablo, dicen: ¿cómo?, cual si hubieran escuchado Niebieskikwiat. Estoy seguro que si les dijera Niebieskikwiat no se asustarían tanto. Y después insisten, confundidos: ¿max?, ¿has?, ¿jass?, ¿así, con dos eses?
La próxima vez que me pregunten cómo me llamo voy a decirles Abel Mascondosa, como le pasó a mi tío Noli cuando solito se fue a vivir al geriátrico y permitió que lo anoten de ese modo, porque ya estaba cansado. Era el cuarto que visitaba y se quedó en ese, que tenía el jardín más lindo. Como todos nosotros, relataba de esa manera su apellido pero fue el único al que le tocó un empleado que escribió de corrido.
Se llamaba Noel Salomón y cuando nací le puse Noli, era el menor de los hermanitos y le decían “el turco”, porque tenía pinta de turco. Es la estrella que alumbra mi camino, en eso y en otras cosas.

Acerca del autor:

lunes, 14 de marzo de 2016

El rápido Tokio Nagoya – Sergio Gaut vel Hartman



—Ay, Floripondio, ¿cómo hizo para llegar tan rápido?
—Es que la amo un montón, Tremebunda.
—Pero usted vive a treinta leguas de aquí y hemos hablado por teléfono hace cinco minutos.
—Vine en el tren bala, ese que corre a seiscientos kilómetros por hora.
—En Japón, Floripondio, ese tren circula en Japón.
—¡Por favor! ¿Acaso cree que eso puede ser un obstáculo para que yo acuda a usted a toda velocidad, haciéndole caso a mi pasión, que fluye como un torrente?
—Yo creo que usted es un farsante, que dice esas cosas bonitas porque quiere dormir conmigo.
—Usted me ofende, Tremebunda. Yo jamás perdería el tiempo durmiendo junto a una dama que ofrece pródiga sus encantos.
—Perdóneme. Me dejé llevar por el arrebato de mi corazón desbocado. Debí haber tenido en cuenta que su amor es platónico.
—Ni platónico ni aristotélico. Cuando digo que no dormiría la siesta a su lado porque su cuerpo me corta el sueño.
—¡Entonces su interés en mí es puramente carnal!
—¡En absoluto! Nosotros, los orientales de pura cepa, no comemos carnes, solo ingerimos arroz.
—¿Es usted japonés, Floripondio, como el tren bala?
—No, Tremebunda, soy uruguayo.

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Monigote - Fernando Andrés Puga


Acerca la boca a la ventanilla; con su manso aliento empaña el vidrio. Sobre el vidrio empañado por el aliento dibuja un monigote. El pequeño monigote dibujado en el vidrio empañado por el suave aliento de su boca ríe. Y al reír el monigote ríe también el niño. Y yo con él. Sorprendido por la risa tintineante del monigote dibujado en el vidrio por esa mano infantil me río a carcajadas.Yo; un hombre que ríe como un niño sorprendido por la risa que brota del monigote que ahora entorna los ojos, abre su boca para decir adiós y se va yendo a medida que huye el vapor del aliento que empañó el vidrio.

Acerca del autor:

Mi casa es tu casa - Adriana Alarco de Zadra


Cuando decidimos alquilar la casa familiar para ir a vivir a un departamento y así cuidar los gastos, no pensé que sería un suceso tan abrumador.
Después de varias visitas de posibles inquilinos, decidí pintar la casa, arreglar la grifería, lavar las cortinas, cambiar el tapiz de los sillones porque a nadie le gustaba y todos tenían que objetar. Cuando hicimos los cambios y gastamos un dineral comenzó a llegar clientela que no quería muebles porque tenían demasiados en su otra casa y necesitaban alquilarla vacía para tener dónde ponerlos.
Llegó finalmente la pareja que la quería alquilar. Venían todos los días a tomar algo con aceitunitas, papitas, bocadillos. Conocieron a nuestros primos y vecinos. Nos consideraron grandes amigos hasta que les pedimos algo de dinero adelantado para no buscar otros inquilinos.
Nos dijeron que no podían por el momento, pero que iban a tratar de arreglar sus cuentas para mudarse cuanto antes pero al cabo de algunos días nos comunicaron que tenían que viajar. No lo han hecho aún porque a pesar de que han transcurrido más de seis meses, hasta ahora los sigo encontrando en el supermercado.
Una tarde llegó la señora Lenguado. "¡Yo la tomo! ¡Yo la tomo! ¡No me la pierdo esta casa!"
Estábamos seguros de haber encontrado una buena familia que nos alquilara la casa, pero tarde aquella noche, vino el esposo y preguntó: "¿dónde está el jardín?
La esposa respondió: "¡Estás parado en medio, y estás deshojando el jazmín con tu maletín de trabajo! "
A pesar de que aseguramos que no tenía mayor importancia que se hubiera desmoronado el jazmín con los manotazos del señor Lenguado, no hubo más remedio que acompañarlos a la puerta y saludarlos con dignidad cuando exclamó: "¡Mejor vámonos, no me parece tan grande ni tan bonita!"
No nos desmoralizamos y el cartel en la puerta de la casa seguía anunciando: SE ALQUILA.
Otra familia vino a ver la casa con un batallón de niños a quienes llamaban cada cierto tiempo con un silbato de policía cuando se desaparecían por los corredores.
"La casa es demasiado grande para nosotros", dijo la abuelita.
"Pero si quieren una más pequeña, ¿dónde les van a entrar todos los niños?", pregunté asombrada.
"No son nuestros, son los amigos de mi hijo", me explicó la nuera, "que como están de vacaciones, han querido venir a hacer un poco de turismo".
Regresaban familias enteras, trayendo parientes y amigos a visitar la casa pero nunca la alquilaban. Las excusas eran diversas: "Es muy lejos", "es muy cara", "es muy chica", "es muy grande", "tiene mucho jardín y no hay agua en la zona", "tiene poco jardín y adoro las flores".
Debajo del letrero que decía SE ALQUILA pusimos otro que decía:
La dejamos con perro guardián o sin perro, con muebles o sin muebles, con cortinas o sin cortinas, con lámparas o sin lámparas, con chimenea y leña para varios años, con tanques de agua por si falta agua.
Después de una avalancha de gente que aplastó los geranios, se durmió en los sillones, se peleó por ocupar el dormitorio principal, se meció en la hamaca y se llevó las revistas de la sala, nos aplastó el silencio. Durante tres días y medio no llamó nadie ni vino nadie. Pero pasó Navidad y Año Nuevo y mi casa volvió a ser la casa de todos los demás.
"Sabe, señora, el color blanco humo de las paredes es muy triste. Yo soy una mujer alegre, desearía pintar las paredes de rosado, celeste, amarillo patito, o a rayas blanco con azul marino", me explicó una posible cliente, y luego añadió: y, ¡claro! todo lo pagaríamos a medias porque no quiero que usted tenga tantos gastos....¿Está bien si me mudo y comienzo a pagarle el alquiler dentro de seis meses? Porque, sabe usted, tengo muchas deudas últimamente".
Finalmente, llegó de visita un gringo que visitó la casa y exclamó: "I love the house, I'll take it."
No lo podía creer. Después de oír tantas críticas, alguien amaba la misma casa que amaba yo y pensé que si no la alquilo de una vez, dentro de poco me vuelvo loca.
Es verdad que uno añora siempre el olor de la familia que sigue vagando por los cuartos, pero la vida se encoge y no hay necesidades que sean tan indispensables. Nos acostumbraremos a vivir en un pequeño departamento que tiene olor a asfalto y no a jazmín.
Entre los últimos clientes que vinieron a ver la casa , mientras el gringo se decidía a alquilarla, recuerdo algunos que nos dieron qué pensar:
Mr. Portodo, de pies y manos diminutos y regordetes, tenía que consultar con su decorador antes de alquilar la casa porque sólo él le podía decir si quedaba bien el dibujo floral de su porcelana con el jazmín oloroso del jardín.
La familia oriental que deseaba pasar un fin de semana en la casona, libre de gastos, antes de decidirse a alquilarla para ver si les gustaba el amanecer desde la ventana del dormitorio.
La última fue una joven señora muy decidida que preguntó que por qué deseábamos deshacernos de nuestra casa.
"No deseamos deshacernos de nuestra casa, mi querida señora, sólo deseamos alquilarla por un tiempo porque nos queda muy grande".
Ella contestó que los que decidían realmente si alquilar o no una casa para la familia eran sus hijos.
Por supuesto, nunca regresó con sus hijos de 6 y 7 años a decidir si alquilaban o no la casa, porque ellos jugaban pelota, hacían deberes, tenían que visitar a su abuelita y no les alcanzaba el tiempo.
Como sea que será, aquí estamos felices en el nuevo departamento, llenándonos de máquinas intrínsecamente malignas, como diría mi abuela: Hornos que cocinan solos y computadoras que piensan solas. Estoy feliz de haber finalmente alquilado la casa a un norteamericano que ha llegado a Sudamérica a enderezar entuertos, como hacen generalmente los gringos y los quijotes, pero sobretodo a alguien que la ama como yo.

Acerca de la autora:
Adriana Alarco de Zadra

Segundas partes - Rogelio Ramos Signes


Estuve llamándolo toda la tarde, sin demasiada suerte, a través de lo que parecía una gran cortina de flecos: “¡Jonás. Jonás!”.
Ya estaba oscureciendo, cuando una vocecita me contestó desde muy adentro: “Ya salgo. Espéreme un ratito.” Y esperé.
Quien apareció no fue Jonás, fue Pinocho, con un olor insoportable y la nariz no tan larga como me hubiese imaginado.
Desilusionado, pero no por eso vencido, seguí insistiendo hasta bastante entrada la noche: “¡Jonás. Jonás!”
Sólo espero que no aparezca Mandrake, o Simbad el Marino. Esto de las reescrituras me tiene un poco cansado.

Acerca del autor:
Rogelio Ramos Signes

El final del Teseo - Héctor Ranea


Como muchos, el Teseo terminó cantando tangos a la entrada del Cementerio de la Chacarita haciendo escala en el de Lomas, en el de Lanús y en otras regiones similares del conurbano; de hecho, fueron famosas sus improvisaciones milongueras en los velorios de Merlo, pero hace de eso tanto que casi nadie se acuerda. Su fama, me contó mi amigo Carlos, llegó hasta Pergamino.
El placer por el tango le vino de haber perdido la chaveta culpa de la flaca Ariadna, de cuando (él decía) la dejó allá perdida en una isla del Delta. Lo que se comentaba en el Bar El Rayo de La Plata, el último lugar en el que lo vi en persona, era que ella lo había dejado por un peón de catamarán al que apodaban El Torito, secuaz del famoso La Pringa, boxeador de peso welter, cuando los welter eran welter y no esa zarandaja que los define ahora.
En fin. Teseo se ancló en la pampa. Se la trajo a la muchacha después del asunto de Creta, medio como en esos tangos en que la minita sigue al burrero y sale todo mal. Cuando lo dejó (aburrida de verlo pavear), él se acollaró con una zurcidora correntina que no podía entender qué hacía un héroe mitológico, si los hubo, cantando tangos en los cementerios.
Una vez el Teseo le quiso explicar, pero la percanta se le quedó mirando sin entender y él, calladito, se prendió un faso, se puso a mirar las necrológicas y salió sin decir nada, para volver a la medianoche con un tubo de vino y algo para morfar: media masa con cebolla, unas empanadas de algo incierto, cosas así, que ligaba —decía él— en los velorios.
Teseo tenía fama de componer deudos. Dicen las chismosas del barrio que era hábil en esos menesteres. Se trataba de poner a los deudos en paz con su pérdida. Sobre todo si el muerto se había ido sin firmar algún documento: Que un seguro de vida, que un trámite para cancelar por muerte un crédito, testamentos, ese tipo de cosas. O peores, que no voy a contar porque en el fondo no soy un buchón.
Eso era lo que no entendieron Ariadna, la cretense, ni la correntina. Teseo, por su habilidad con los laberintos, había logrado, con sólo mirarle las huellas digitales al difunto copiarlas, tal como hiciera con el laberinto de Dédalo; tenía una mano notable para el dibujo, vea mire: el chabón las dibujaba en los papeles que le ponían los deudos delante con una generosa porción de morlacos para apaciguar los malos pensamientos. Cantaba tangos como cobertura, claro. Con la edad, el tinto y el exceso de fainá perdió la habilidad y se acabó el jabón. La otra mina también se piantó y a él sólo le quedó ir de bar en bar cantando tangos con un raro acento minoico, mostrando fotos de cuando domaba toros en Creta.

Acerca del autor: 

Una celda húmeda y oscura - Daniel Frini


Comenzaron a caer mis hojas en la primavera del ochenta y dos; cuando las nubes y los lamentos eran tan lejanos como hoy.
Tenía un libro de tapas verdes y letras así de grandes, que llevaba a todas partes y leía cuando estaba con vos. Tenía la piel oscura y llena de escamas de un sol que nunca me tocaba y los ojos repletos de lágrimas que no se me ocurría llorar. Me dolía el cuerpo después de correr tras esas ganas de entregarme entero.
Estabas tan lejos que no importa. Yo te quería. Aún no entiendo un modo de vivir sin vos; y no hay flores que te llamen ahora, como te llamaban mis rosas –esas que nunca oliste, que nunca tuve–.
El sol sube más en los mediodías de ahora, que cuando te miraba en las mañanas. Se demora porque no existe el apuro de esperarte, como queriendo, siempre.
No hay otra cosa que dar. Ni mi estimado apego al poder de la vida. Todo se acabó con vos, con la sonrisa de ese cadáver que no existió jamás entre nosotros.
Buena nos salió la cosa: esperábamos un cielo para ser eternos y el brillo de las estrellas se nos fue entre puertas de color de almas.
No hay amor. El amor no existe.
Mis ganas de ser libre quedaron atrapadas en mi diario, para que no las leas nunca. Me entregué, me di prisionero. Hoy lloro mi sangre y mis entrañas por vos, que no supiste de mi; porque mi nombre no está escrito en los Libros. No era nadie mi nombre.
Es mi destino. No quiero escapar de él, porque sería reconocer que no estuve enamorado de vos. Y eso no es cierto. Te amé, si no, ¿cómo hubiera podido destruirte? No espero que entiendas. Estabas repleta de hombres y el hombre no comprende lo sublime del hermoso arte de darnos por entero. Me sería condenadamente humano decir que te maté porque no encontraba la forma de que fueras mía.
No te vayas. Esperá. Acá no nos dejan hablar. Nos sacan la boca. Y te quiero desde entonces hasta cada uno de los incontables pedazos en que dividí tu cuerpo. El mal no fue deshacerte. Lo difícil fue darme por vencido y comprender. Vos no podías, amor.
No estoy solo. Tengo una legión detrás y un corazón que llora y un calor que me ciega estos ojos que no tengo.
Buena nos salió la cosa, amor, y qué terrible. Me condenaron a un odio feroz y a silencios de voces que no digo.
No hay amor. El amor no existe, amor, el amor no existe.
Dicen que no saben porque decidí que era mejor deshacerte a verte tan vital. No saben de la tortura, vida mía, no la entienden.

Acerca del autor:
Daniel Frini

Abejas y luciérnagas - Paula Duncan

 

Hace miles de horas que la rutina diaria se le esta haciendo insospechadamente hostil; camina los bordes de los días agotándose, inmóvil, opaca, casi sin voz; conversa consigo misma y no se responde dejándose con la palabra a flor de piel. Su garganta es el refugio de miles de abejas dejando el aguijón todas a un tiempo con un oscuro zumbido, el mundo se ha posado entre sus escápulas, agotado ya el límite de sus fuerzas sube hasta el último peldaño y sale a mirar los techos del barrio, mira, viendo el maravilloso espectáculo, se sienta un momento y siente la necesidad de gritar, llena de aire su diafragma abre la boca y sin sonido salen todas las palabras nunca dichas; la paz ha vuelto a su cuerpo íntimo, antes de bajar se toma un momento para ver que las abejas de su garganta se han convertido en luciérnagas multicolores; ahora ya puede retirarse; el mundo continúa su derrotero y ella ahora se siente algo más incluida; las luciérnagas le iluminan el camino de regreso.

Acerca de la autora:

Ser testigo - Claudia Isabel Lonfat


Había ahorrado toda su vida para poder realizar su sueño “Blue Sky” con Lennon. “Sé testigo de ese momento” decía el slogan que atraía clientes; un cebo para engrosar una larga lista de fantasías. A Ginger le había llegado su momento, después de mil novecientos treinta y ocho días, cuarenta y seis mil quinientas doce horas, o sea cinco años, tres meses y veintiún días.
El contrato que había firmado con “Blue Sky S.A” era muy limitante por razones de seguridad, y sus cláusulas muy precisas; se pagaba con la vida cualquier variación histórica. No se podía hablar con nadie ni intervenir en la acción, mucho menos alterar la escena agregando o sacando objetos. Solo estaba permitido “ser testigo”.
Las situaciones a elegir, no podían quedar circunscriptas a escenas íntimas como una relación sexual, o cualquier otro momento donde los actuantes se hallaran desnudos total o parcialmente. Ginger tenía tres escenarios posibles para cumplir su sueño; El nacimiento de John, el momento en que conoció a Yoko, o aquel 8 de diciembre de 1980 cuando Chapman le disparó cinco veces por la espalda en la entrada del edificio Dakota. Se decidió por la última.
La ingresaron a una habitación de color azul, en la que le daba la impresión de estar flotando. Previamente le sacaron todas sus cosas y le pusieron un localizador. Una voz en off le daba indicaciones.
Un simple pestañeo, y se encontró en la entrada del Dakota, en el día catorce mil seiscientos setenta y uno de la vida de John. Repasó mentalmente los detalles y recordó que alrededor de las diez de la mañana, John le decía a tres periodistas de la RKO “…tengo la esperanza de morir antes que Yoko, porque si Yoko muriera yo no sabría cómo sobrevivir. No podría seguir adelante” y dos horas antes de ser atravesado por las balas, le confesaba a un técnico, que tenía una extraña corazonada, como si estuviera viviendo de prestado; “Seguro que después de morir seré mucho más famoso que Elvis” le dijo, y ambos se rieron a carcajadas.
Ahora, Ginger pudo reconocer a Chapman, también la limusina desde donde bajaban Yoko y John, cargando algunas cosas. Segundos antes de que el asesino más odiado, pudiera meter la mano en el bolsillo para sacar la 38, Ginger, se había abalanzado sobre él. Sabía que para realizar el viaje le incautarían todo, por eso había estudiado la posibilidad de atacar al asesino con algo que ya estuviera en la escena.
Lo único contundente, debido al límite distancia/tiempo, era la grabadora que John llevaba. Sabía que disponía de segundos para arrebatársela de las manos y golpear a Chapman con toda la fuerza posible. Y nada la detuvo.


Todo condenado tiene disponible un deseo, el de Ginger fue ver a los Beatles por última vez. Y mientras observaba a un John más flaco, calvo y arrugado, sabía que si pudiera volver el tiempo atrás, le rompería nuevamente la cabeza a Chapman, así como lo sabían los de “Blue Sky”.

Acerca de la autora:
Claudia Isabel Lonfat

Irina - Ana Maria Caillet Bois




Irina guardaba un cuadro. Era una naturaleza muerta donde las frutas estáticas parecían tristes. Lo había heredado de su abuela y aunque a nadie de la familia le gustara, Irina lo conservaba como un tesoro. Siempre abría el viejo baúl y lo observaba a escondidas de los demás; pero un día le pareció que una gran manzana había desaparecido. Ella estaba segura de haberla visto justo al lado de un jugoso durazno, pero claro, era imposible. Sorprendida, pensó que se había equivocado, que siempre había sido así. Pasó un tiempo y con gran curiosidad volvió a abrir el viejo baúl. ¿Se estaba volviendo loca? Ahora en lugar de frutas bien acomodadas una al lado de la otra había un grupo de niños harapientos que se daba un festín.

Acerca de la autora:
Ana María Caillet Bois

Las cartas olvidadas - Ada Inés Lerner



Mary atraviesa la placita con la brisa precoz de la mañana; se menea con paso desparejo y torpe, mientras atisba el futuro de costado como una yegua compadrita. Los pibes, bandada de regreso que abandonan con esfuerzo el potrero y la redonda, la observan desconcertados, como quien busca respuesta en un reloj detenido en otro tiempo.
Las agitaciones y tormentas de una empleada postal como Mary pertenecen al pasado reciente, quizás por eso gruñe un reclamo desafinado por ese pueblo indolente. Ya en la estafeta, levanta la cortina enmohecida y la reciben afablemente el vaho, la humedad, y las hilachas de aquellas cartas que nadie leerá.
A Mary la satisface esa melodía repetida a través del tiempo, y todas las mañanas, ella insiste en danzar al compás de un acorde quejoso:
—¿Qué será de mí si nadie espera una carta? Una carta es una visita inesperada, que uno puede besar, acariciar o evocar. Ahora todos están con ese correo electrónico, superficial y rápido.
Alguna vez, un repartidor postal se acercó a Mary pero por culpa del destino, tan insalvable como imprevisto, lo dejó ir, ya que ella fue incapaz de comprender que ese cartero, tercero involuntario, ya no cargaba sobre su hombro el útero desierto con las cartas que muchos dejaron abortar en la madrugada.


Porque del buzón vacío nace una canción desafinada, Mary baja la cortina mientras entona la última oración, la de quien ha decidido encontrar la paz.

Acerca de la autora:

miércoles, 9 de marzo de 2016

Malos bichos – Sergio Gaut vel Hartman


Los alienígenas vienen a la Tierra en busca de emociones fuertes, ya que en sus planetas de origen, alcanzada la utopía, ya no queda gran cosa por hacer. Son ellos quienes han elevado los índices de criminalidad en todos los países y también los que impulsan hacia arriba las estadísticas que ponen al tope los programas de televisión más abyectos, a la vez que susurran a los oídos de los políticos que no inviertan en educación y cultura y que los hospitales son un despilfarro, ya que la gente, tarde o temprano, se muere lo mismo. Se divierten corrompiendo, destruyendo y manipulando. Y cuando regresan a sus casas, les cuentan a sus familiares y vecinos que los terráqueos son un caso perdido, que jamás alcanzaremos un grado de desarrollo como el que tienen ellos y que Utopía seguirá siendo, para siempre, la obra de Thomas More, una ficción.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

El tero se esconde si el murciélago es más grande – Héctor Ranea


—Hasta el tero cimarrón amaina cuando llega el hombre murciélago —sentenció don Aparicio Legüero en el entrevero de la feria.
Por eso nadie le escuchó, esa tarde había demasiado ruido de galope corto de caballitos criollos y de mozas trenzándose las crenchas. Siguió Aparicio:
—Y si él viniera nadie lo vería, colijo.
Todos se miran a la cara, nadie ve volar al murciélago. Aunque repitiera, nadie le escuchó.
La Zulemita, que vendía empanadas fritas, pensó que Aparicio pedía una y le acercó un plato y un buen vaso de tinto. Pero el Aparicio, aunque no la rechazó, con insistencia religiosa le gritó:
—¡Tenga cuidado moza! ¡Viene el hombre murciélago!
La piba rió. ¿Cómo iba a volar un murciélago en plena tarde? Sin embargo, ahí nomás el volátil la tomó de las axilas.
—Cuando te agarra el murciélago, es inútil bañarte en acaroína —dijo el viejo, sentencioso.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

La ciruja - Ana Silvia Mazía


Como con bronca, y junando de rabo de ojo a un costado, iba la ciruja por esas callecitas de Buenos Aires. Y no sabía que era observada. Y si hubiese sabido, tampoco le habría importado, porque buscaba lo mismo que todos, a su manera.
Qué buscaría la ciruja. Y quién la observaba.
Yo apuesto a que buscaba la felicidad y la observaba el ciruja, que buscaba lo mismo y quería presenciar el éxito de la ciruja para copiarle el método.
Tal vez, se encontrarán, ya sin bronca, al campanear un cacho'e sol en la vedera...

Acerca de la autora:
Ana Silvia Mazía

Llamas de fuego - Adriana Alarco de Zadra


—¿Aló, Manco?
—No, soy zurdo.
—Pásame a mi hermano Manco al celular.
—¿Cuál es la prisa? Yo le puedo dar el encargo porque ahora está ocupado fundando el Ombligo del Mundo.
—Ten cuidado con estos teléfonos que han bajado del cielo en una nave voladora porque nos van a transformar en llamas.
—¿Llamas y alpacas?
—En llamas de fuego, Inca Paz... ¡Apaga que el Sol escucha…!
—Fiuuuuuusplashhhh!…
—Ya decía yo que era pura magia...

Acerca de la autora:
Adriana Alarco de Zadra

Recuerdo – Daniel Antokoletz


Recuerdo el accidente, y cada vez que lo recuerdo, maldigo ese día y todos los días en los que me jacté de ser diferente. Recuerdo cuando fui a la casa de mi padre en las afueras de Uruk.
Me llamó la atención el electricidad que se cernía a mi alrededor. Entonces los vi. Los dioses Emesh y Enten estaban peleando como siempre, y yo quedé atrapado en medio de la pelea. Entonces sucedió: uno de los tantos proyectiles que se disparaban entre ellos me dio de lleno en la espalda. Sentí un fuego abrasador, un terrible zumbido me embotó y una luz cegadora lastimó mis pupilas. En ese momento pensé que moriría, que jamás volvería a ver a mi esposa ni a mi hijo.
Pero no. No he muerto. Y maldigo ese momento. Recuerdo la muerte de mi dulce esposa con su hermosa cara arrugada por la edad, también recuerdo la muerte de mi hijo, de mis nietos, de mis bisnietos, de toda mi estirpe. Y cada una de esas muertes dejó una herida en mi alma. Y las recuerdo.
Fui rey y fui un guerrero temido. Fui un aclamado héroe en muchas ciudades. Al principio era divertido y lo fomentaba realizando grandes hazañas. El dolor de las heridas me curtió y me insensibilizó. Y me convertí en superhéroe. Era fácil. Gracias al accidente no podía morir, cosa que yo buscaba fervientemente. No quería recordar más pero con cada acción, un dolor se agregaba a mi memoria.
Se escribieron poemas, libros, historietas sobre mí, pero nadie ha captado mi drama. Me llamaron Gilgamesh, Hércules, Aquiles, Mc Leod, pero mi verdadero nombre nadie lo recuerda. Sólo yo sé que mi nombre es Itsub. Intervine en cuanta guerra sacudió a la vapuleada humanidad. Estuve en Nueva York cuando las bombas nucleares la redujeron a polvo. Sentí el dolor de mi cuerpo ardiendo por la radiación, pero sobreviví.
Hace poco descubrí algo que realmente podía terminar con mi sufrimiento y la utilicé. La explosión de antimateria redujo a escombros al planeta... con él murieron humanos, dioses y animales. Pero yo... yo ahora conozco lo que es el verdadero sufrimiento. Mi cuerpo, congelado, vaga por el sistema solar y mi mente... mi mente se limita a recordar.

Acerca del autor:
Daniel Antolokoletz

sábado, 5 de marzo de 2016

Blacyipblus - Daniel Frini


Érase una vez una oveja negra y de ojos claros. Pañuelo de seda al cuello; minifalda roja y medias de red. Fumaba mentolados en boquilla larga. Acostumbraba a abanicar las volutas de humo con una sola caída de sus pestañas kilométricas. Los ovejos estaban turulecos. 
Una tarde de julio, a eso de las seis, vino el lobo. Mercedes descapotable, anteojos oscuros, melena al viento, hocico con bronceado caribe. La oveja negra se fue con él sin decir adónde ni mirar atrás. 
Este podría ser el fin, pero no. 
Los ovejos no soportaron el dolor de la pérdida. Por esa época escribieron los mejores poemas de desamor y compusieron los blues más desgarradores, casi como Ma Rainey cantando Deep Moaning Blues. Once ovejos se suicidaron, aunque se sabe que, en el rebaño, «once» es otra manera de decir muchos. 
Este podría ser el fin, pero no. 
La oveja y el lobo se instalaron en la gran ciudad. Llevaron una vida glamorosa y fascinante. Fueron fotos en tapas de revistas, desde donde reglaban la moda; y hechizaron a la audiencia de livings elegantes de la televisión. 
Sin embargo, un tiempo después, el lobo adujo cierta necesidad de comprar cigarrillos y se fugó con Caperucita. La oveja lo esperó los días exactos que demoró en darse a la bebida. Un año más tarde, murió de frío en la calle, a no más de una cuadra y media del Caesars Palace. Nadie la reconoció. La enterraron en una tumba sin nombre en el Cementerio del Sur. 
Este podría ser el fin, pero no. 
Entre los ovejos, la oveja negra se convirtió en leyenda. Su eclipse se tradujo en viajes al Oriente; en fobia a las personas y reclusión en un penthouse de Bruselas; en un accidente de aviación cuando llegaba a esquiar en las pistas de Aspen. Su sonrisa sesgada se hizo cada vez más oblicua; sus dientes blancos brillaron más al pasar de una generación a otra; sus ojos son, ahora, casi transparentes. 
Hoy, los ovejos la recuerdan como quien evoca a Greta Garbo. 
Este podría ser el fin, pero no. Aunque no sé cómo sigue.

Acerca del autor:
Daniel Frini

Una noche de locura – Adriana Alarco de Zadra


Cuando pasó el vendaval la lluvia se hizo más leve, más tranquila, más serena. Ya no se percibía esa pasión arrolladora de los elementos. Se había desahogado el cielo y el huracán recorrió las cumbres sin hacer daños, descubriendo rutas secretas en los recovecos de esos montes. Los caminos hacia arriba seguían abiertos pero se cerraban como pétalos de flores, poco a poco, apaciguados, satisfechos.
Fue una noche de locura y el fantasma que me acompañó, se portó, con su experiencia milenaria, como si fuera un maestro gentil y apasionado.

Acerca de la autora:
Adriana Alarco de Zadra

La rebelión del beduino malacara - Daniel Alcoba


Qobb al-Din se prohibía pensar mal de la especie cuasi caballar. Era un beduino imbuido de optimismo bioingeniero. No previó que el malacara que acababan de asignarle los predicadores artillados del 28º regimiento tuviera mala voluntad. Al pasar por debajo de un castaño, Ásifun dio un leve brinco, y la coronilla del general de los ejércitos incalifales se aplastó contra una rama gruesa del castaño. Con el empuje craneano la rama cedió hacía arriba. Qobb al-Din se masajeaba el chichón con la diestra como si de esa manera pudiera impedir que siguiese creciendo; para ello había deslizado la mano por debajo del turbante, que estaba chato como boina vasca. El emir se había propuesto no perder la calma, pero tiró del freno con energía. El animal se detuvo al punto, y el jinete desmontó para llevarlo por la brida, otra vez debajo del castaño. Cuando llegaron al sitio de la falta, el jeque miró a los ojos al cuasieco, que a su vez le sostuvo la mirada, sin humillar ni un punto. Luego el hombre señaló la rama del atentado: –¡Kahuanay! (¡Mira) –Vociferó como si el animal fuese sordo.– ¡Kahuanay, asnuhatun (¡Mira, burrazo!)! El animal, que había seguido la dirección que indicaba el índice de su amo, se puso a mordisquear la rama, en un gesto a mitad de camino entre el de un camello y el de una jirafa que comen ramas. Pero al mismo tiempo que Qobb al-Din hurgaba en la sobaquera derecha, que llevaba entre la chilaba de campaña y la guerrera, Ásifun, con un movimiento muy medido, levantó el casco izquierdo del suelo, y lo dejó caer sobre la bota de campaña de su amo, produciendo un sonido grave. El casco zurdo de Ásifun estaba sobre el pie del jeque Qobb al-Din. El malacara beduino es un animal de unos 1400 kilogramos, su remo delantero izquierdo registra más de ciento veinte, a peso muerto. No obstante el jeque llevaba el pie protegido por la bota blindada de fibra de carbono. Cuando el emir de los ejércitos acabó de extraer de la sobaquera izquierda un objeto parecido a una pequeña afeitadora eléctrica, vociferó hacia las orejas del cuasieco: –¡Nitiniy, asnuhatun, nitiniy! (¡Aprieta burrazo, aprieta!). Ásifun seguía mordisqueando la rama como si nada, como si aquellos gritos no fueran para él. Entonces Qobb al-Din le dio un fuerte golpe de 140000 voltios / 0, 025 mA en el pescuezo. Todos los músculos de Ásifun se contrajeron al mismo tiempo, circunstancia que el hombre aprovechó para sacar la bota de abajo del casco, dar el salto al costado. Al malacara beduino se le contrajeron los músculos, se le erizaron los pelos, luego cayó a tierra de rodillas, y tras diez segundos de perplejidad, entonó un bramido largo, como de trombón bajo que sopla un negro triste. El emir devolvió la porra electrónica a la sobaquera. Su Amauta, que había meneado la cabeza al ver la última acción de su jefe y alumno, se creyó en el deber de aconsejar: –Yo en su lugar, Eminencia, no paro, le daría una buena tanda de electropalos ya mismo, siete lo menos le daba, y otros dos de yapa, porque además de mañero, es un mal bicho enviciado con las putadas: ¡mire que dar un salto justo cuando el turbante, con su cabeza adentro, estaba debajo de la rama, que casi la rozaba! Ásifun es challi, Pachanchik Jeque. ¡Y lo que es pior, peleón y sotreta! –¡¿ Pior”, “sotreta”…?! Me va a volver pisi-uma con tanta palabra nueva, Hatun Amauta, ¿por qué me ha dicho “pior”, y qué coño es “sotreta”? –Con “pior” no se arrugue, Eminencia, es también anacronismo, usual entre pajueranos argentinos, es “peor”, ni más ni menos. Pero como iba acompañando el adjetivo “peleón”, que lleva dos “e”, lo usé por eufonía, para que la frase no me quedara como de oveja con tanta “eee”… “Sotreta” no es un coño, es un sustantivo de indios argentinos, que todavía usan los guerrilleros pajueranos del sur, es palabra vieja: “cabalgadura inútil”, significa. También es adjetivo, por ejemplo, en esta frase: “Ásifun es cuasieco peleón y sotreta”. –No se precipite en los castigos cuando se trata de cuasiecos. Esta especie ha heredado los misterios de todas las que creo Dios (alabado sea) y usó el ingeniero Yafar al-Mawkibun para diseñarla: cuando están silenciosos como jirafas son desconfiados como éstas, de ordinario resultan igual de cabrones que los camellos, que ya ve que hay que llevar siempre las maniotas aunque no estén malhumorados a simple vista, pero cuando a los cuasiecos se les mete un afán entre cuerno y cuerno, enloquecen. Igual no hay que precipitarse con los castigos de las monturas, Abdulá. Si Dios (alabado sea) ha decidido que yo padezca la mala educación de este animal, quiere decirme que domarlo debe ser obra mía. Lo haré a la manera de la escuela camellera del desierto libio, que suma al saber tradicional de la andaluza, los últimos descubrimientos de la etología camelo pardal equina, la electrónica y la magia legal. –¿También la electrónica, Eminencia? Ya ha visto el martillo Taser de 140000 voltios que usé hace un momento. Tiene una intensidad calculada para cuasiecos grandes, de más de mil doscientos kilos. Seré paciente con Ásifun, pero también astuto e inflexible. Siete horas después, cuando vestían los uniformes de guarnición para la revista, al atardecer, el chichón en el testuz de Qobb al-Din tenía el tamaño de medio huevo de gallina. El emir tenía la impresión de que el otro medio huevo se le había formado adentro del cráneo, de manera que antes de sujetarse el turbante de nuevo para pasar revista a las tropas, se roció con un aerosol analgésico que le había recomendado el seleccionador de fútbol del incalifato. Cuando volvió a ponerse el turbante sentía la cabeza tan ligera como un globo lleno de helio. Fue a causa de esa sensación como si la cabeza estuviera volando por el cielo, que Qobb al-Din se hizo adicto al aerosol analgésico.

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Daniel Alcoba